¿Quién hace grande a Israel?

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Foto Facebook

Aarón Alboukrek

Interesante el gran cartel que se lee hoy en Israel, pues un no judío creyente, un extranjero fervoroso, hace grande a un país autodeclarado libremente como nación judía.

Más interesante resulta que, si se vuelve grande, o Israel ya no era entonces grande, o bien nunca lo fue, pese a tener un ejército portentoso y ser uno de los países más desarrollados en ciencia y tecnología, amén de ser un manantial de médicos, escritores, arquitectos, artistas, agrónomos y sabios de índole diversa, y además fuente original del libro más traducido y manipulado del mundo. ¿Qué impulsa en la intangible y ondulante mente colectiva a este aparente segundo y ¿popular? aire emotivo?

Más interesante aún es otro filo interpretativo posible de este inusitado e inquietante cartel que no resulta para nada evidente: dos países democráticos unidos por una Divinidad que es incluida naturalmente en los discursos políticos de sus dirigentes, ya sea haciendo referencia a una Deidad implícitamente tridimensional en un caso, o tácitamente unidimensional en el otro; dos países democráticos unidos cupularmente por razones extrañamente análogas, porque una Jerusalén sin judíos, o en su defecto de no judíos, no permite en verdad la Redención Final, y porque una Jerusalén sin el respaldo de una vigorosa y poderosa extranjería, impide el impulso obstinado y hasta ahora contenido (quizás por la guerra misma, las fuerzas laicas opositoras y la política internacional) para la Reconstrucción ensoñada del Tercer Templo por una élite fáctica u oficial políticamente poderosa.

En síntesis: dos instancias de élite gubernamental neoliberales extremándose hacia la Revelación y celebrando bolsas bendecidas de nuevos valores para las épocas de purificación y salvación venideras. Un terreno verdaderamente peligroso y escarpado de lo pío-maravilloso que transforma a personas y actos en formas y esencias de índole profético y trans-racional, atmósferas que sólo predicen conflictos, en lo menos, aberrantes e innecesarios, y con probabilidad muy hondamente dolorosos.

Así, el cartel es mucho más que un cartel, es, por un lado, una suerte de panfleto mediático pasional que reafirma a una poliarquía teocrática parlamentaria relativamente vieja que desea consolidarse en una mayoría noble y luchadora deseosa de que su identidad nacional sea reconocida de una vez y para siempre por el concierto internacional, una mayoría harta de descalificación y harta de guerra, una mayoría llena de vida y esperanza en el aquí y el ahora, pero temerosa por experiencia, susceptible al miedo, capaz de apasionarse y necesitada del vínculo ético-filosófico de su origen identitario encarnado en sus patriarcas, en particular en el luchador y profeta monoteísta Moisés que desencadenó un conflicto judío eterno entre política y religión. Por otro lado, el cartel es un anuncio que da cimiento iconográfico para una nueva e indestructible teocracia que podría llegar a denominarse como nuclear si se vigoriza en el Salón Oval. Se verá que dice el pueblo norteamericano en los siguientes años o lustros al respecto, ¿la consolidará?, ¿luchará contra esa posibilidad?, ¿qué tan susceptible será de aceptarla tomando en consideración la enorme eficiencia de sus instituciones legales? ¿Estamos frente a una época histórica realmente nueva y temible?

Este cartel, también itinerante, pues circula como publicidad rodante, todavía nos lleva a algo muy interesante: un Primer Ministro (amigo) como Doctore de una política regional de un Presidente lejano (amigo), y ese mismo Presidente como Dominus de ese Primer Ministro. Si bien la amistad es un valor, quizás una virtud inigualable para lograr un bien en el otro y en los demás, sin importar cualquier diferencia étnica, económica o de género, hoy atestiguamos que en la amistad no necesariamente hay igualdad,  puede privar la jerarquización por cuanto el refugio que representa el otro es resultado tanto del cálculo militar hacia lo político y social, como de la cantidad de fuerza subyacente en cada amigo, y ésta última  representa, más que otra cosa, lo verdaderamente condicionante.

Rozando con el viento, el cartel, con un tono ostentoso, parece chirriar desde tan lejos y para el oído del mundo una sentencia: “la paz es de todos, pero la paz es de nadie”.

Que la libertad israelí y la judía no queden esclavizadas por ningún patrocinio amistoso ni por la apariencia de corazón. Que como ha dicho hace poco Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo en relación al presidente norteamericano y sus decisiones recientes: …”alguien podría pensar: con amigos como ese quién necesita enemigos“.

3 Comentarios

  1. JODER…que nota.hacia tiempo que no leia algo tan…no se como decirlo….majestuoso…impresionante…quizas
    no se… no se…..en todo caso…con amigos como obama o macron…alegremonos de tener como amigo al gran donald.

  2. Los bien pensantes y políticamente correctos, no escatiman medios para criticar y perjudicar a Israel, no es como ese señor y otros ven, las cosas funcionan y bien

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