Por unas “selijot” colectivas, antes del nuevo año

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Judíos en Rosh Hashaná Pintura de Aleksander Gierynski

Benito Roitman
En pocos días más, estaremos entrando en el nuevo año judío. Y en las vísperas de esa fecha, la tradición contempla el recitado de oraciones denominadas “selijot” o “perdones”, rogando indulgencia y clemencia por  pecados y errores cometidos (siempre habrá pecados y errores que lleven a implorar perdón).  La idea, claro está, es que en el nuevo año se eviten cometer nuevamente esos pecados; pero parecería estar en la naturaleza humana -y en la liturgia religiosa- que año con año se vuelvan a lamentar los mismos errores y  a suplicar los mismos perdones.
¿Es posible imaginar, en paralelo, un proceso similar para toda una sociedad? Difícilmente. Y sin embargo, es usual que en oportunidad de un nuevo año se desplieguen ejercicios de rendición de cuentas y se insista, de manera especial, en la intención de reparar los males sociales que afectan a las grandes mayorías. Pero al igual que en el caso de las “selijot”, y pese a que año con año se repiten esas intenciones, lo que se viene constatando hasta ahora en la sociedad israelí es el mantenimiento -y aún la ampliación- de brechas sociales muy significativas cuya disminución, y no digamos eliminación, está lejos de lograrse.
Pese a ello, con la terquedad que alimenta la esperanza y con la ilusión que despierta cada nuevo inicio de año, es imperioso procurar un esquema de escenarios a futuro,  donde se rescaten las promesas sociales que el sionismo se hiciera  a si mismo -y que en gran parte se alcanzaron- en las etapas de la construcción del Estado. Ciertamente, en un esquema de esta naturaleza quedan de lado -o al menos permanecen en la sombra- aspectos políticos fundamentales vinculados con la permanencia de la ocupación y con el conflicto bélico que arrastra ya varias generaciones.
En este marco y en esas circunstancias, vale la pena hacer hincapié en algunos rasgos centrales de los escenarios a futuro. Estos se refieren a las medidas a tomar -a las estrategias a seguir- para revertir la situación actual en materia de niveles de pobreza, de la desigualdad en la distribución del ingreso, de las disparidades presentes en los mercados laborales, y de los obstáculos que impone la distorsionada asignación de los recursos públicos para alcanzar mayores y mejores niveles de desarrollo inclusivo.
Es ya una obviedad señalar la importancia crucial de la educación en los procesos de desarrollo, importancia que comienza a esbozarse en el corto plazo pero que alcanza su plenitud a lo largo del tiempo. Sin embargo, a nadie escapa que las aulas de primaria albergan muchos más alumnos de lo que es pedagógicamente aceptable, que  son más que notorias las diferencias de rendimiento  educativo por niveles de ingreso familiar (evidentes también en diferencias regionales). Pero el tema crucial se sitúa en la orientación -o en la falta de orientación- de la educación impartida. ¿Para qué se educa? ¿Qué horizonte futuro espera a las actuales cohortes educativas y cuan preparadas estarán para ello? ¿En qué proyecto de sociedad estarán instaladas?
Una sociedad como la israelí en que la inmensa mayoría de su fuerza de trabajo obtiene sus ingresos desde una posición asalariada, se precia en la actualidad del bajo nivel de desempleo que arrojan las encuestas pertinentes. En efecto, la tasa de desempleo para el mes de junio pasado se situó en el 4,6% del total de la fuerza de trabajo, cifra que se considera baja en el contexto internacional. Sin embargo, y para ese mismo mes, el análisis del conjunto de las actividades económicas muestra que en el 22% de esas actividades su promedio salarial se ubica alrededor de la cifra que marca la línea de pobreza, y en el 44% de esas actividades el promedio de salarios está por debajo de la media nacional. Esto es congruente con las últimas cifras de pobreza que publicara el Seguro Nacional (Bituaj Leumi) para 2014 (en diciembre de 2015), que ubican en 22% el porcentaje de personas por debajo de la línea de pobreza.
Es decir, no sería la desocupación la responsable principal por el mantenimiento de los altos niveles de pobreza que se constatan en Israel (que son los mayores entre los países de la OECD), sino que las causas centrales serían los bajos niveles salariales en las ocupaciones mayoritarias y los relativamente bajos subsidios públicos a las poblaciones más débiles, especialmente los niños. La desigual distribución del ingreso -que en 2014 continuó situando a Israel en los peores lugares de la OECD, después de los EEUU y de México- es en alguna medida un corolario de lo anterior.
En efecto, la concentración de muy altos ingresos salariales en las cúpulas de las grandes empresas públicas y privadas contrasta con la abundancia de bajos salarios -asociados a una productividad promedio que se encuentra por debajo del de la OECD. Esa concentración de ingresos salariales se asocia con una creciente participación, en el total del ingreso nacional, de los ingresos del capital  por sobre los ingresos del trabajo y, en su conjunto, se traduce en esa creciente desigualdad en la distribución del ingreso.
El comportamiento de los precios de la vivienda, su persistente alejamiento del alcance de las parejas jóvenes que buscan formar un hogar y las posibles soluciones realistas que pondrían fin a estas situaciones, constituyen en cierta forma un paradigma de todo lo anterior. Antes que nada vale la pena señalar la paradoja que representa el que, en un país cuyos niveles de inflación (índice de precios del consumidor) se han situado en los últimos diez años, en promedio, en valores inferiores al 2% anual, el precio de la vivienda aumentó durante ese mismo período en cerca de 8% en promedio anual.
Es obvio que el problema central, planteado de manera muy cruda, corresponde a desequilibrios entre oferta y demanda, más allá de las -correctas- consideraciones que puedan hacerse sobre diferencias regionales y otros elementos pertinentes. Y resulta obvio también que la generación de una fuerte oferta pública de viviendas (es decir, un retorno a la idea de que el Estado puede construir  e intervenir significativamente en el mercado de la vivienda popular), asociada a una política que destrabe los nudos burocráticos que mantienen congelada la oferta de tierras y los procesos de planeamiento, así como los lazos con y entre empresas constructoras que encarecen la vivienda, constituyen el camino a seguir. Ciertamente, una caída repentina de los precios de la vivienda podría resultar contraproducente para toda la economía, en circunstancias que el sistema bancario está fuertemente comprometido con el crédito hipotecario. Pero un manejo prudente y anunciado de estas políticas permitiría tomar los pasos necesarios para una recuperación aceptable.
¿Será posible encapsular todos estos problemas en una “selijá” colectiva, y pedir que en este nuevo año que se vislumbre comiencen a revertirse? En todo caso, lo seguro es que no alcanza con pedir.  Es la acción, y la voluntad y la acción colectivas, las que pueden cambiar el horizonte y el futuro.

2 Comentarios

  1. Los israelíes se conforman conque sus hijos vuelvan a casa con vida después de actuar en defensa de su país,es la mejor satisfaccion de padres y madres israelíes, que dan sus hijos para que el país siga existiendo y en PAZ

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