Polonia, Polonia, nos traicionaste

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Auschwitz- Foto Wikipedia

Dra. Bejla Rubin

No reconocer la existencia del Holocausto como hace el Sr. Le Pen en sus memorias, minimizarlo, banalizarlo o decir que Polonia no fue responsable ni cómplice de los campos de concentración en su territorio es, desde otra mirada,  un argumento estúpido amén de una ingenua aceptación de los hechos pues detrás del No hay un Sí encubierto, de lo contrario no hace falta ser categóricos con el no.

Soy hija de sobrevivientes polacos, he crecido en un entorno silencioso dado el horror de esa barbarie y quizás por la disculpa por parte de mis padres por haber sobrevivido cargando sobre sí a toda una familia masacrada.

La responsabilidad de una Polonia antisemita no comienza con la guerra sino que esa posición de discriminación por parte de ellos y en casi toda Europa, se podría decir que es ancestral. El relato tímido de mi padre cuando decía que no lo dejaban pasar por la vereda aún antes de guerra, y que lo debía hacer por la calle debido a las risas, injurias y agresiones por parte de sus vecinitos polacos que ya de niños estaban formados en el antisemitismo dejó sus huellas en él de por vida.

Pero la escena más inhumana y cruenta es cuando el tren, que traía del cautiverio a mis pobres padres y a tantos otros, hambreados, desahuciados, huérfanos y cual restos humanos, hace una parada en la estación de Varsovia, entonces ven que ahí se reúne una multitud de polacos “verdaderos” dado que a los polacos judíos se los consideraba ciudadanos de segunda, y me consta dado que no me reconocen como ciudadana polaca a pesar del origen polaco de mis padres y abuelos en ese país, se oye como esa chusma allí convocada con su afán de maldad les grita “miren, que a pesar de todo cuántos judíos aún quedan”.

Esa es la banalidad del mal, un odio injustificado, entonces, no me digan que Polonia no fue responsable del Holocausto, de matar judíos, de delatarlos y de quedarse con sus bienes. ¿Creencia religiosa? ¿O no será que detrás de ese argumento trillado había un rédito de ganancia económica, hurto, vandalismo en nombre de no sé que Dios oscuro y ominoso que nunca pidió tanto sacrificio humano del diferente, del hereje o del pobre judío?

Cómo es posible que una Polonia antisemita se desimplique  y regocije en cuanto al hacinamiento de “sus judíos” en territorio polaco, siendo Cracovia el epicentro del más grande campo de concentración, nos referimos a Auschwitz. Si bien no fue un invento del gobierno polaco, tampoco alzó su mano en tono de protesta, sino, salvo algunas excepciones, por los hoy reconocidos como “justos de la humanidad” por haber escondido sobre todo a criaturas judías, el resto recibió con júbilo el hecho de desprenderse de “sus sucios judíos” y apropiarse de sus bienes.

Y Auschwitz no finalizó en 1945. Dejó marcas imborrables en quienes pasaron por allí, ¿en carácter de qué? ¿Criminales, ladrones, políticos disidentes? No. Encerrados cual bestias, o peor que ellas, hambreados, explotados en su obrar esclavo para los grandes emporios, experimentados para la I.G. Farben Industrie, hoy la droguería Bayer, por el simple y banal hecho de ser judíos, practicantes o no, no hacía la diferencia, desde los 16 años en más eran usados para la explotación esclava, y los que no cuadraban en esas condiciones directamente eran enviados a las cámaras de gas (niños, sus madres y ancianos no servibles para la explotación).

Hubo por ende carceleros polacos, torturadores, delatores, sádicos y también buenos padres de familia que consideraban esa delación un acto de grandeza para la patria polaca.

Y tenemos a un Primo Levi que sobrevive a Auschwitz y no obstante se suicida en su Turín natal aduciendo que a pesar de tanta barbarie el mundo no aprendió nada.

El austríaco Jean Améry, acróstico de su verdadero nombre Hans Mayer, también sobreviviente de Auschwitz y que a la edad de 66 años se suicida ahogándose con gas en un hotel en Salzburgo. En ambos casos Auschwitz les ganó la partida.

Y qué decir de los sobrevivientes que aún están con nosotros, que pasaron por ese horror en Polonia cuando tienen que oír otra vez la maldad en cuanto a aquellos que niegan ese horror, o lo minimizan o una Polonia que penaliza a quienes la inculpan por su intervención activa en acompañar y adherir al Holocausto nazi.

Y al igual que Primo Levi pensamos con tristeza que sus palabras son veraces y muy actuales, y que no sabemos cuánta más barbaridad maliciosa se precisa para que el mundo deje de negar ese horror, signo de la máxima barbarie que osó realizar un humano sobre otro.

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