Parashat Vaietzé

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Rab. Gustavo Suraszki *

La eterna postergada
Los hijos de Rajel -la amada por Iaakov- demorarían en llegar.
“Dame hijos, y si no, me muero” (Bereshit 30, 1), dijo en una ocasión Rajel a Iaakov al borde de la desesperación. Iaakov, nuestro patriarca, no se muestra cauto en el arte de la empatía: “¿Acaso soy yo, en lugar de Di-s, quien vedó de tí fruto de vientre?” (Bereshit 30, 2), le dirá.
Rajel, en este sentido, está en las antípodas de Leá.
Mientras que para Leá, los hijos son un medio para ser amada  aceptada por su marido, para Rajel los hijos son un fin. Leá busca amor; Rajel busca hijos. Ninguna de las dos logra lo que desea. Leá desea que su marido la tenga en cuenta; Rajel, que su marido la haga sentir madre.
Luego de una sufrida espera, Rajel dará a luz a Iosef.
El ansiado nacimiento de éste resultó también una justa reparación para la más joven de las hermanas.
Dicen nuestros sabios que su infertilidad se había transformado para ella en oprobio. De acuerdo al Midrash, la gente murmuraba diciendo: “De haber sido merecedora de ello, ya hubiera dado a luz…” (Midrash HaGadol a Sefer Bereshit 537).
“Y concibió y parió un hijo y dijo: Quitó Di-s mi oprobio” (Bereshit 30, 23).
Llama la atención esta reacción de Rajel.
No pareciera ser una reacción natural de una mujer que soñó durante años por ser madre. Su alegría se concentra en un sentimiento negativo y se aleja de la pureza emocional que embargaría a toda mujer en situación semejante.
Su expresión muestra un manifiesto sentimiento de revancha hacia aquellos que se burlaban de ella. Rajel da el nombre a su hijo mirando hacia atrás: “Quitó (Heb. Asaf [1]) Di-s mi oprobio”.
Sin embargo rápidamente se libera de este pasado que la avergonzaba y comienza a mirar hacia adelante dando una segunda etimología al nombre de su primogénito: “Aumente (Heb. Iosef) el Eterno otro hijo”, dirá.
El lector sentado en alguna butaca del siglo veintiuno, comprenderá que -en tiempos bíblicos- toda mujer en la posición de Rajel hubiera sentido la cruda presión social sobre sus espaldas. No obstante, la segunda etimología del nombre Iosef (Aumente el Eterno otro hijo) es de la clase de versículos que transforman a la Torá en una obra de todos los tiempos. “Sufrí, recé, parí, vencí…¡quiero más!”, pareciera decir Rajel en ese instante.
Dar vida es algo demasiado sublime para quedarse con semejante sentimiento de revancha.
El nacimiento de Iosef cambiaría rápidamente el panorama dentro de la familia de Iaakov. Rajel ya no es sólo la amada y preferida del patriarca, sino que recupera también su autoestima. E Iaakov no perderá ocasión para demostrar quién era la “reina” de su hogar.
Cuando en Parashat Vaishlaj la Torá nos cuente del encuentro entre Iaakov y su hermano Esav -luego de haber escapado con sus mujeres y sus hijos de la casa de Laván- veremos como la angustia embarga el corazón de nuestra patriarca.
Iaakov decide separar a sus mujeres y a sus hijos en cuatro grupos. “Si viene Esav y golpea al primer campamento, el campamento restante podrá escapar” (Bereshit 32, 9).
Nuestro patriarca ubica  en una primera linea a las dos siervas y a sus hijos, luego a Leá y a sus niños, y por último -alejados del peligro- ubica a Rajel y a Iosef (33, 2). RaSHI interpretaría este acto con una frase que quedará para la posteridad de la lengua hebrea: Ajarón, Ajarón, Javiv (el último es el más querido).
El nacimiento de Biniamín, el menor de los hijos de Rajel e Iaakov pondrá un trágico broche a la vida de nuestra matriarca. Rajel muere en el parto y es sepultada en el camino en la cercanía de Beit Lejem. E inmediatamente a continuación de su deceso, la Torá nos narra un extraño suceso que nuevamente tiene como protagonista a Reuvén, primogénito de Leá e Iaakov.
“Y fue al morar Israel, en esta tierra, que fue Reuvén y se acostó con Bilhá, concubina de su padre”(Bereshit 35, 22).
Este oscuro episodio, es comentado por nuestros sabios de manera peculiar. Y aun cuando se aleja de la lectura textual de las Escrituras -que sugieren contacto carnal entre Reuvén y la concubina de su padre- este comentario no deja de ser sugestivo.
Rashi, basado en el Talmud, nos dice:
Dado que desordenó la cama de Iaakov, el Texto considera cual si se hubiera acostado con ella [con Bilhá].
¿Y por qué desordenó su cama?
Dado que cuando murió Rajel, Iaakov tomó su cama (i.e. la de Iaakov) -ubicada permanentemente en la tienda de Rajel y no en otras tiendas- y la mudó a la tienda de Bilhá.
Vino Reuvén a demandar la humillación de su madre.
Dijo: “Si la hermana de mi madre (Rajel) fue rival de mi madre…¡¿corresponde que la sierva de la hermana de mi madre sea rival de mi madre (también ahora)?! Fue entonces que desordenó (la cama de Iaakov).
Si bien el hecho de que Reuvén haya cambiado las camas de lugar [2] se aleja de la literalidad del Texto, dichos comentarios agregan un condimento trágico a la biografía de Leá. Rajel, acababa de morir; pero Leá -a los ojos de Iaakov- estaba “muerta” desde hacía rato.
Siquiera  a la hora de la muerte de su amada Rajel, Leá logró sentarse en el trono.
Posiblemente ésto logre explicar gran parte del odio que los hijos de Leá experimentaban hacia Iosef, primogénito de Rajel. El universo de Iaakov -al menos a los ojos de los hijos de Leá- era demasiado estrecho para que dos compartan la misma corona.
Pero lo más paradójico en esta triste historia de Leá es que al final -a la hora de su muerte- Iaakov compartirá el lecho con aquella con la que nunca quiso compartir la cama.

* Rabino de la comunidad Netzach Israel – Ashkelon
[1] . Este versículo su-  giere una de las etimilogías del nombre Iosef.
[2] . Posiblemente haya puesto la cama de su madre, Leá, en lugar de la cama de Bilhá.

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