Parashat Bo

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Rab. Gustavo Surazski *

Hace algún tiempo fue nombrada en Israel una comisión destinada a sentar las bases para una Constitución Nacional.
Como es de imaginar, en Israel no resulta fácil consensuar una Carta Magna. Los partidos ultra-ortodoxos pretenden que la Constitución mencione la aspiración de construir el Tercer Beit Hamikdash sobre el Monte del Templo, mientras que partidos de extrema izquierda pretenden que la Constitución anule aquellos símbolos del Estado que no logran representar a las minorías, tal como la bandera o el Himno Nacional (Hatikva).
Escuché a un miembro de dicha comisión decir que al cabo de meses de discusiones sólo se halló consenso en que el nombre del Estado debiera ser “Israel”.
El observador pasivo que analizara tan pobre resultado al cabo de meses de trabajo bien podría preguntarse cómo logró sobrevivir una sociedad con semejante diversidad de ideas. Y si a ello le agregamos el virtual estado de guerra en el que se halla el Estado de Israel desde el momento de su creación, nuestra supervivencia bien podría definirse como un verdadero milagro.
Tal vez podamos hallar la clave para entender este proceso en nuestra Parashá.
Tal como es sabido, los compartimentos de los tefilin (tanto en la mano como en la cabeza) contienen en su interior cuatro pasajes de la Torá (Kadesh Li Kol Bejor, VeHaiá Ki Ieviajá, Shemá, VeHaiá Im Shamoa) los primeros de los cuales son mencionados hacia el final de Parashat Bo que leemos esta semana (Shemot 13 1-16).
Sin embargo existe una diferencia notable en cuanto al modo en que dichas secciones son escritas en la tefilá de la cabeza y en la tefilá de la mano. Mientras que en la primera los cuatro pasajes son escritos en pergaminos diferentes y ubicados en cuatro compartimentos separados dentro de la caja, las secciones de la tefilá de la mano son escritas en un único pergamino que es enrollado dentro del único compartimento que contiene dicha pieza.
¿Cuál es la razón de dicha diferencia?
Responden los sabios de Israel: Respecto a la cabeza, cuando se trata del universo de los conceptos y de las ideas, las diferencias son siempre esperables. No obstante, cuando se trata de la mano, cuando se llega al universo de lo concreto, las disputas ideológicas deben hacerse a un lado y todos deben unirse en la acción.
Si el observador pasivo preguntara cómo es posible que una sociedad tan fragmentada en sus ideas logró atravesar sesenta años de su historia rodeada de peligros, la respuesta es esta: a la “hora de la verdad”, allí cuando el momento lo exigió, el pueblo de Israel ha sabido abandonar sus diferencias ideológicas y hacerse uno tal como ocurre con la Tefilá de la mano.
Quiera Di-s que siempre podamos hacernos uno a la hora de la verdad.■

* Rabino de la comunidad Netzach Israel – Ashkelon

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