Parashat BeHaalotjá

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Rab. Gustavo Surazski *

Un color complejo
Los últimos versículos de Parashat BaHaalotjá narran el pecado y el castigo de Miriam a consecuencia de sus palabras hacia su hermano Moshé.
“Y hablaron Miriam y Aharón contra Moshé por causa de la mujer cushita (negra) que tomó, porque mujer cushita tomó…Y la nube se apartó de sobre la tienda, y he aquí que Miriam estaba leprosa como la nieve”, BeMidvar 12, 1-10).
Nuestros Sabios han hablado reiteradamente sobre la conexión entre el vocablo hebreo “Metzorá” (leproso) y el concepto “MoTZi shem RA” (calumniador). Ambos conceptos se ven vinculados de manera evidente en este relato. A causa de su calumnia, Miriam se vio atacada por la lepra.
La Torá, sin ninguna duda, aborda de manera crítica la conducta de Miriam.
Por miles de años, los comentaristas bíblicos se confrontan con este relato sin saber a ciencia cierta qué es lo dijo Miriam acerca de aquella mujer cushita.
¿Acaso no quisiera usted saber qué es lo que dijo Miriam acerca de aquella mujer?
¿Ha visto? Por miles de años hemos criticado a Miriam y a sus modos, pero en realidad nos parecemos bastante a ella. También nosotros queremos saber. También nosotros somos curiosos o -lo que es peor- chismosos e indiscretos.
De todos modos, existe en este relato de Miriam y la mujer cushita un detalle que no quisiera pasar por alto.
Hace un tiempo, escuché de boca del periodista israelí Iaakov (Iaki) Leví un interesante abordaje a esta sección.
Miriam habla de aquella mujer negra (cushita), y como consecuencia de ello se vuelve blanca “como la nieve”.
Negra, blanca… El contraste se hace más que evidente.
En la cultura occidental, existe una clara tendencia a vincular al blanco con atributos positivos como pureza, bondad e inocencia.
Sin embargo .se sabe- el blanco no es un color. El blanco es la sumatoria de todos los colores. El blanco, por definición, es complejidad.
El idioma hebreo y la tradición judía han asignado a este complejo matiz, una connotación ambigua.
El blanco es, por ejemplo, pureza y ausencia de pecado. Dice el profeta Ishaiahu: “Aunque vuestros pecados sean como la grana, tornaránse tan blancos como la nieve” (Ishaiahu 1, 18). Pero, por otro lado, el blanco es impureza y pecado como en el caso de Miriam.
El blanco es el color de las novias.
Pero también, el color de las mortajas del muerto.
El blanco nos despierta sentimientos de bondad y ternura. Sin embargo, la encarnación del mal en la Hagadá de Pesaj está concentrada en la figura de Labán el arameo, no en la del faraón.
Así leemos en la noche del Seder:
“Ve y aprende lo que intentó hacer Labán el arameo a Iaakov nuestro patriarca. Mientras que el faraón no había decretado (hacer el mal) a los varones, Labán pretendió destruir a todos”.
Labán, en hebreo, es “blanco”.
El lingüista israelí Abshalom Kor sostiene que la palabra “Labán” tiene el don de representar ideas opuestas.
Existen otros ejemplos en el idioma hebreo.
“Amit” (תימע), significa compañero.
“Imut” (תומיע), significa enfrentamiento.
“Geulá” (הלואג) significa redención.
“Megoal” (לאוגמ), significa contaminado.
“Shajor” (רוחש), significa negro.
“Shajar” (רחש), significa amanecer.
Este abordaje de Abshalom Kor trae a mi mente el reconocido poema “El sur también existe” del autor uruguayo Mario Benedetti
Con su hábil pluma, Benedetti caracteriza al norte con los opresores y al sur con los oprimidos. Al norte con la soberbia, y al sur con la humildad. Al norte con la abundancia y al sur con la escasez.
Sin embargo, su definición no es geográfica. El mismo Benedetti lo aclaró en más de una ocasión. “Hay nociones del llamado eje sur en el hemisferio Norte y hay filiales del eje norte en las naciones del hemisferio Sur”.
En todo Norte, hay algún Sur. Y en todo Sur, algún Norte. El norte geográfico contiene nociones de sensibilidad, y el sur geográfico contiene, tristemente, elementos de opresión.
Lo que a simple vista se presenta como una aseveración esquemática y simple (malos y buenos, norte y sur o blanco y negro), súbitamente se transforma en una realidad compleja, de múltiples matices.
El hecho de que Miriam se volvió blanca como la nieve representa otro sobrado ejemplo de la compleja personalidad de los héroes del TaNaJ, y –por qué no- del alma humana.
Porque como ya lo he dicho, el blanco no es un color sino la sumatoria de todos ellos.
El blanco es complejidad por definición, así como el alma humana lo es.
Es poco aconsejable -y posiblemente, simplista- dividir al mundo en categorías de malo y bueno, norte y sur o blanco y negro. El ser humano es una criatura de múltiples matices, que anida en su corazón a lo noble y a lo mezquino, al dolor y al placer, a la luz y a las sombras.
El rey Shlomó ya lo ha dicho en Kohelet:
“Porque no hay sobre la tierra un hombre justo que haga el bien y no peque” (Kohelet 7, 20).
Así que no debemos “autoflagelarnos” por querer saber los detalles del chisme de Miriam.
Está claro que no es correcto. Ser chismoso no es ninguna gran virtud. Pero -finalmente- también nosotros somos mortales.

* Rabino de la comunidad Netzach Israel – Ashkelon ■

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