Parashá VaEtjanán

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Foto Wikipedia

Gustavo Surazski *

Más allá del Monte

Nuevamente, leeremos en Parashat VaEtjanán acerca de la revelación en el Monte Sinaí y la entrega de la Torá.

La revelación de Sinaí, es sin duda alguna uno de los hitos más relevantes en la historia del pueblo hebreo.

Desde entonces, nada ha sido igual.

No sólo hablo desde un punto de vista sociológico. Todos sabemos que, a partir de entonces, aquellas tribus errantes se transformaron en un pueblo.

Hablo desde un punto estrictamente místico.

La revelación del monte Sinaí fue la primera vez en la cual todos los hijos de Israel -en aquella generación y también en las generaciones venideras- apreciamos la santidad y la magnificencia de Di-s en todo su esplendor.

Fue allí cuando –por primera y única vez- quedamos expuestos a la santidad de Di-s en su máxima expresión.

RaSHI explica este fenómeno en su comentario a la Parashá: “Desde entonces, Di-s no volvió a revelarse en público de esa forma” (comentario a Devarim 5, 19). Y quien logra experimentar tamaña exposición a la santidad, se transforma -de hecho- en un hombre nuevo.

Existe un poderosísimo relato talmúdico referido a la destrucción del Templo, que hemos rememorado esta semana.

Se cuenta que cuando los romanos entraron al Segundo Templo de Jerusalén, quisieron que un judío sea quien comience con el saqueo. A tal fin, llamaron a un judío llamado Iosef Meshita y le prometieron que podía quedarse con todo aquello que escoja del botín.

Iosef Meshita ingresó al Templo y sacó de allí el candelabro de oro.

Cuando los romanos vieron lo que había escogido aquel judío consideraron que aquel candelabro era demasiado valioso para un hombre tan simple. Fue entonces que lo invitaron a ingresar al Templo por segunda vez.

La segunda vez, Iosef Meshita se negó a entrar. Según cuenta Rabí Pinjás en aquel midrash, los romanos prometieron compensarlo con la recaudación impositiva de tres años, y él continuó negándose.

Los romanos vieron su negativa con muy malos ojos, y lo condenaron a una muerte de tormentos.

Comenzaron a torturarlo e Iosef gritaba: “¡Ay de mí que he hecho enfadar a mi Creador!” (Bereshit Rabá 65, 22).

¿Qué es lo que produjo semejante cambio en la personalidad de aquel hombre? ¿Cómo es posible que quien decidió saquear el sagrado Templo sin remordimiento, haya cambiado tan radicalmente su parecer?

Dice el Rabí de Ponivetz que lo que cambió a Iosef Meshita fue justamente su exposición a la santidad. El haber entrado en contacto con aquel lugar y aquel candelabro lo transformó en un hombre nuevo.

La exposición a la santidad es la razón por la cual colocamos respetuosamente en genizot los implementos sagrados.

Resulta evidente la razón por la cual no arrojamos a la basura una mezuzá o una par de tefilín en desuso. ¿Pero por qué razón no hacerlo con las cajitas que contenían aquellos minúsculos rollos?

Ocurre que una cajita de metal o de plástico ordinario queda “contagiada” por la santidad del rollo que contuvo en su seno. De la misma forma que un retazo de tela recibe un carácter sagrado cuando cubre aquel Arca en el cual se depositan los sagrados rollos de la Torá.

Desde una perspectiva mística, podríamos decir que la revelación del Monte Sinaí dio a los hijos de Israel ese plus de santidad que solo puede ser conferido por aquel que queda expuesto a semejante Revelación.

Israel acampó al borde de aquel monte durante casi un año (véase BeMidvar 10, 11 y el comentario de RaSHI allí).

Es por ello, que llama muy especialmente la atención que Di-s –prácticamente- expulse al pueblo de Israel de allí.

“El Eterno, nuestro Dios, nos habló en Jorev, diciendo: Bastante tiempo habéis permanecido en este monte” (Devarim 1, 6).

Por lo general, la señal que los hijos de Israel recibían para marchar era el alzamiento de las nubes de gloria. ¿Por qué Di-s debiera –además- utilizar semejante lenguaje para invitarlos a reiniciar la marcha?

La respuesta es que resulta difícil abandonar la santidad luego de exponernos a ella. La Torá sugiere que los hijos de Israel tuvieron que partir de allí, prácticamente, por la fuerza.

Sin embargo, dicha exposición es un medio y no un fin en sí mismo. Quien se encuentra acampando en el borde del Monte Sinaí al momento de recibir la Torá puede cometer el error de pensar que el mundo entero es Sinaí.

Algo así me ocurrió luego de finalizar mis estudios rabínicos en Israel.

Durante dos años y medio, viví “al borde del Monte Sinaí”, en un ambiente sagrado de Torá y mitzvot. Nadie quiere abandonar el mar cuando el agua está tibia. Pero llegó el momento de partir.

Una de mis primeras experiencias rabínicas fue en una pequeñísima congregación en centroamérica. Allí, luego de acampar al borde del Sinaí durante largos meses, encontré congregantes que difícilmente podían reconocer las letras en hebreo.

Allí logré entender que mi experiencia “al borde del Sinaí” no era más que un medio para transmitir una mínima porción de aquella santidad a aquellos judíos con sed de Torá.

“Bastante tiempo habéis permanecido en este monte”, dice Di-s al pueblo.

La reacción de Di-s a pocos meses de recibida la Torá no pretende ser más que una advertencia.

¡Ay de aquel que piense que todo el mundo es Sinaí!

Por el contrario. El desafío está más allá del Sinaí, cuando logramos llevar las chispas de aquella santidad a la que nos vimos expuestos a los cuatro rincones de la tierra.

*Rabino de la comunidad Netzach Israel – Ashkelon

 

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