Para sacudir el machismo: Sylvia Plath

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Sylvia Plath. De fondo el Smith College, al que asistió

Joseph Hodara

La discriminación más antigua y hasta hoy válida afecta sustancialmente a la mujer. Ya se conoce y se prescribe, con respaldo divino y social, desde los capítulos iniciales de la Biblia. El primero de ellos se limita a señalar la decisión de Dios orientada a crear “macho y hembra” como rúbrica final de Su empeño. Y para probar que El desdeña mentiras y convenciones, aquí le asigna a la hembra el segundo lugar. Pero de seguidas reflexiona y da marcha atrás. Reflexiona: “No es bueno que el hombre esté solo (Génesis, 2-18)”, y para evitar cualquier oposición o protesta, le sume en un profundos sueño, y pocos después, de una de sus costillas, nace la mujer. Sin opciones, el varón la acepta pero recordará que de él fue tomada y a él debe subordinarse. He aquí el origen de una actitud, debidamente sancionada por los Cielos, que explica y legitima el carácter dispensable y subordinado de la mujer como criatura en la humana creación y convivencia.
Y para reafirmar la pureza varonil, será Eva quien traerá el pecado a este mundo al rendirse, por ingenua y por su escasa inteligencia, a la voz de la serpiente. Sin alternativa, Adam debe aceptar el error (o mejor: la traición) de la criatura que le impusieron, y juntos abandonan el Paraíso. Sin embargo, contará con dilatado tiempo y excusas para ajustar cuentas con el sexo opuesto y hacer cumplir la original intención divina. Durante siglos, en efecto, la mujer deberá ajustarse a los caprichos – sociales y sexuales – del varón. El ingreso a las universidades, el derecho al voto, la posibilidad de decidir cuándo y cuántos hijos engendrar: opciones que, para la mujer, apenas se han dado en los últimos cien años y en muy pocos lugares.
Un escenario en el cual Sylvia Plath se rebela para revelar los fraudes de su entorno. Para dar testimonio de la independencia que toda mujer- no sólo ella – debe asumir en la travesía humana no dudó en desprenderse voluntariamente de su vida.
Nació en 1932 en Boston y morirá en Londres en 1963. Su escrito más importante es La campana de cristal que, junto con sus poemas, se conocerán ampliamente después de su muerte. Desde entonces a los tiempos que hoy corren estas páginas constituyen fuentes de inspiración para los movimientos feministas que, a la fecha, conocen logros parciales. Por sus aciertos literarios, el Premio Pulitzer se le concederá varios años después de su fallecimiento.
Su padre, Otto Plath, profesor universitario y científico de origen alemán, suscitó en Sylvia sentimientos ambivalentes: admiración y a la vez desprecio. Si en La campana de cristal, Esther Greenwood – la mujer que presenta y representa las angustias de Sylvia – Otto es recordado con amor y nostalgia al punto de que su muerte le conduce a exclamar con rabiosa angustia: “ Desde ahora, no pienso volver a dirigirle la palabra a Dios”… Pero esta actitud cambiará radicalmente más tarde en su poema Daddy (o Papaíto) en el que dibuja a su padre como un alemán antisemita, encarnación del ideal ario y del afiebrado odio al judío. Fluctuantes actitudes que reflejan una combinación de claridad intelectual y de trastornos neuróticos que han hecho de Plath un tema inescapable para los críticos literarios y para los psicoanalistas.
¿Cómo se manifiesta la denuncia feminista de Plath? Particularmente, en el escenario social y sexual. Anhela consagrarse solamente a la literatura pero se topa con restricciones en la universidad y en el trajín social. Su entorno pretende imponerle el ser esposa y madre con dedicación exclusiva, y apenas le concede esa habitación propia que fue la fallida aspiración de Virginia Wolf. Por otro lado, Esther Greenwood – personaje de su libro que es ella misma – anhela colmar sus apetitos sexuales sin riesgos (la píldora anticonceptiva se difundirá después de su muerte), por propia iniciativa, con amplitud, pero su fisiología como mujer se lo veda.
Ansía también ser madre por propia decisión. Cuando conoce al poeta inglés Ted Hughes resuelve casarse y tener dos hijos. Y cuando el marido prefiere a otra mujer, la rabia y el desencanto le abruman. Abandonada, con escaso dinero, con niños a quienes ya no puede ofrecer el amor que merecen, Sylvia prepara y deja el desayuno junto a la cama de los hijos que aún duermen, cierra las puertas y los resquicios de la cocina, y libera el gas que la mata.
Así, la mujer que “quería ser Dios” se cancela por propia voluntad, y en este tránsito de la vida a la muerte probablemente hubo de recordar: “Nunca, nunca alcanzaré la perfección que anhelo: mis poemas, mis pinturas, mis relatos son pobres, muy pobres reflejos. Llegará el día en que deberé enfrentarme a mí misma.” Y rechazando el original y humillante mandato bíblico, por propia voluntad su día llegó.     ■

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