Para recordar a Jean Jacques Rousseau

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Joseph Hodara
La llegada de un nuevo y afiebrado residente en la inescapable Casa Blanca me conduce a hacer breves referencias a una figura que aún hoy irrita a clérigos, ideólogos y políticos. Apunto a Jean Jacques Rousseau quien, más allá de las caprichosas peripecias que marcaron su vida – cambiante identidad religiosa, volubles amantes y cinco hijos que abandonó sin amor alguno – atinó a enhebrar reflexiones sistemáticas en torno al origen de la desigualdad social, las virtudes del naciente sistema democrático en Francia, y la intrínseca tendencia de todo régimen político a corromperse cuando la sociedad civil revela pasividad o indiferencia.
21josephNació en la Ginebra calvinista en 1712. La música y los misterios entonces apenas descifrables de la relojería formaron parte de la convivencia familiar. Después de una adolescencia difícil por faltarle el apoyo de una madre que desaparece durante su infancia, Rousseau conoció temprano tanto los caprichos de maduras amantes como el paisaje social de ciudades francesas e italianas modeladas por una Edad Media que a la sazón agonizaba.
Se le considera con justicia el primer intelectual, es decir, una figura que acertó a desprenderse de los cánones tradicionales, alejándose radicalmente de cualquier Iglesia o tradición santificada para aventurarse a diagnosticar los males de su entorno con propias e independientes reflexiones. La figura de Prometeo, que arrebató el fuego celestial para traerlo a la tierra, modeló su pensamiento.
De él y con él Rousseau predicó el derecho a censurar el orden establecido, la posibilidad de re-crearlo conforme a nuevos y más justos principios, y la necesidad de frenar y disciplinar impulsos autoritarios que se encuentran sin frenos en líderes y sociedades.
Rousseau se anticipó así al moderno intelectual que, cuando es genuino, no depende de los ordenamientos de algún pontífice, monarca o político. Es celoso de su autonomía, y su principal ambición es sugerir nuevos rumbos a la especie humana.
Esta postura se manifiesta en las múltiples páginas que Jean Jacques escribió como colaborador en la celebrada Enciclopedia dirigida por Diderot y D´ Alembert, textos que fueron impulso y fundamento de la Revolución francesa. Por añadidura, le preocupó encontrar y sugerir nuevas pautas pedagógicas. Hoy, no pocos programas educativos se sustentan en Emile, que publicó en 1792. Contiene páginas que glorifican a la Naturaleza y al limpio aire alejado de la urbe, amén de los beneficios que el ejercicio corporal concede a quienes lo cultivan. Sostiene que el hombre nace puro, virginal, sin antecedentes malignos o perversos; pero el obligado ingreso a la vida social le conduce a competir sin escrúpulos, a odiar y matar sin piedad, y así distorsiona y desintegra su original semblante.
Son ideas que amplía en El contrato social que vio la luz en 1762. Le guió el propósito de salvarguardar los derechos del individuo respecto a un Estado que pretende diluirlos a fin de asegurar la ciega obediencia. Se trata de planteamientos que pusieron en jaque al absolutismo monárquico que se afanaba en sustentar su legitimidad en alguna instancia divina. Postura que habrá de acelerar en su momento el brote y el perfil de la Revolución francesa, magno episodio que edificará las bases de la democracia como sistema social opuesto a la esclavitud y a la servidumbre.
En paralelo, Rousseau identificó las circunstancias que acentúan la injusta desigualdad entre los hombres. La propiedad privada, la especulación financiera, la competencia desenfrenada de individuos y empresas: factores que estaban engendrando un nuevo sistema – el capitalista – que multiplicaría, a su parecer, los conflictos y el enajenamiento social.
Y sin abandonar estas innovadoras nociones, Jean Jacques relató en las Confesiones – escrito que inicia la autobiografía como género literario – su trayecto vital, desde su temprana infancia protegido por la tía materna hasta sus aventuras eróticas con mujeres ávidas de placer y diversión. Relatos que hilvana como una franca auto-confesión.
No debe sorprender que, al perfilarse la Revolución de 1789, la Convención Nacional dominante ordenara que sus cenizas fueran depositadas en el Panteón nacional. Y en este marco y momento sus líderes declararon: “Es a Rousseau a quien debemos sustantivas reformas y avances que han transformado nuestra moral, las costumbres y las leyes, nuestros sentimientos y hábitos.”
Sin embargo, como a menudo se comprueba, la conducta personal de Rousseau no se ajustó infaliblemente a los principios postulados en sus escritos. La única mujer que amó en su vida – Sofía d´Houdedot – habrá de confesar hacia el final de su vida: “Era suficientemente feo como para atemorizarme, y el amor no lo hizo un ser atractivo. Pero fue una inquieta figura que traté con amabilidad. Fue – en suma – un loco encantador”.

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