Nostalgia del futuro

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Atardecer en Tel Aviv - Foto Pikiwiki

Benito Roitman

 

En los albores de un nuevo año judío, como el que acabamos de estrenar, se acostumbra desear y desearse todo lo mejor, y nos regalamos con la ilusión –la esperanza- de que esos deseos se materialicen. Así sea. Pero ¿qué se le desea a un país, a una sociedad? ¿Qué se cumplan sus sueños? ¿Y cuáles son esos sueños? ¿Alcanzar paz, bienestar, tranquilidad, lo antes posible? ¿O reforzar los vínculos étnico-religiosos, continuar y profundizar la expansión territorial, poner la cultura al servicio de la Nación?

Y en nuestros deseos para el nuevo año, por supuesto que no se menciona la guerra, y sin embargo se nos habla de ella como quien habla de las próximas vacaciones, de tal modo que nos olvidamos que la guerra puede y debe evitarse. Sé cuáles son los sueños que quiero que se conviertan en realidad para el país: paz, bienestar y tranquilidad. Pero al expresar esos deseos siento una especie de nostalgia, de añoranza por aquellos tiempos en los que brindar por la paz en el país, en la región y en el mundo, por el bienestar de toda una población, por la tranquilidad de toda una sociedad, parecía tener sentido, parecía ir más allá de una expresión de buenos deseos. Hoy repetimos mecánicamente esos mismos buenos deseos, pero por dentro, muy adentro…

Porque el panorama hacia adelante no aparece como muy propicio. Seamos realistas. Siempre esperábamos que el futuro habría de ser mejor que el presente y que el pasado. Y la historia –con algunos sobresaltos- nos venía respondiendo bien. Israel es un buen ejemplo de ello: de un sueño soñado por un puñado de jóvenes idealistas, rebelándose contra sus propios padres –y sí, contra los lazos de la religión y en nombre de la libertad universal- se pasó a construir un hogar nacional primero y un Estado después. El sueño se concretó, pero de ahí en adelante parece haberse perdido el rumbo. Y no se trata sólo de un giro idiomático; efectivamente, no hay un rumbo claro que dé sentido a las acciones futuras, no hay un proyecto nacional al que podamos adherir todos.

¿Qué queremos construir de aquí en adelante? ¿Nuevos asentamientos en los territorios ocupados? ¿O centrarnos en nuestras “ciudades de desarrollo” en el sur y en el norte y hacerlas crecer realmente, en el ambiente de bienestar del que hoy carecen? ¿Queremos seguir siendo “la única democracia en el Medio Oriente”? ¿O preferimos desarrollar nuevas definiciones de democracia que resulten compatibles con la teocracia? ¿Somos una avanzada de Occidente o retornamos a nuestros orígenes como pueblo semita entre pueblos semitas, en el Levante mediterráneo? Y así se suceden las preguntas (pero no las respuestas).

Quizás en algún momento la idea de progreso nos cautivó y a ella nos afiliamos. Y en efecto esa idea parecía irse cumpliendo; llegamos a estar mejor, materialmente hablando, de lo que estuvieron nuestros padres y abuelos. Pero ¿estarán nuestros hijos mejor que nosotros? Porque las evidencias sobre la creciente desigualdad del ingreso a nivel mundial son aplastantes, e Israel está lejos de ser una excepción. Y es vox populi el comentario de la gente en este país, que recuerda que en su tiempo pudo acceder a su vivienda propia, pero que esto se hace cada vez más cuesta arriba para sus hijos.

Cierto es que en promedio (y más allá de que los promedios suelen ocultar grandes diferencias) la economía israelí se ha venido comportando bien, con más de 36.000 dólares de ingreso nacional bruto por habitante. Pero el crecimiento económico viene mostrando un escaso dinamismo, y este escaso dinamismo se basa más en el aumento del consumo privado que en la actividad exportadora, que en el mejor de los casos muestra signos de estancamiento. Y no está demás señalar que en una economía pequeña como la israelí, tan dependiente de las importaciones para mantener y aumentar su nivel de vida, resulta vital incrementar sus exportaciones so pena de incurrir en déficits externos, que siempre son delicados, o aceptar detener el crecimiento del estilo de vida de su población.

Pero aunque estas preocupaciones deberían estar en la base de los análisis económicos, porque nos afectan a todos, no parecen hacer mella en la opinión pública. Ésta sigue siendo llevada a centrarse, una y otra vez, en los temas de seguridad. La naturalidad con que se habla de la próxima guerra es un ejemplo de ello, y en el discurso que ha sido pronunciado por el Primer Ministro de Israel ante la Asamblea de las Naciones Unidas, su saludo de Año Nuevo incluyó unas vez más claras referencias a las amenazas existenciales, las que reitera en toda oportunidad (venga o no venga al caso).

Y sin embargo, este país está lleno de sorpresas. Los valores e ideales que un día fueron su sello no han desaparecido; siguen presentes, pero dispersos en cientos de acciones, en la academia y en la cultura, en obcecadas (aunque limitadas) protestas y en la callada compasión por el desvalido y por el “otro”. Y se trata, por eso, de reencontrar el rumbo perdido, de reencontrase en un proyecto común, solidario, de valores universales. Es quizás aquí donde ha de ser posible combinar la añoranza, la nostalgia que los veteranos sentimos por un pasado idealizado, con la esperanza, no, con la convicción de que el futuro -que ya pertenece a los jóvenes- pueda contener un mundo mejor, una sociedad más abierta y receptiva, un pueblo y una región abierta a la paz y a su disfrute. Esta nostalgia del futuro es lo que deseamos para el próximo año.

1 Comentario

  1. Que se desea a una sociedad?

    Respirar.

    Quiza el autor ha olvidado que la mayor parte de nuestros vecinos quisiera que dejemos de respirar. Bueno pues, hagamos lo que hagamos, el solo hecho de seguir con vida es ya un logro. Sigamos respirando!