Los múltiples rostros de Arnold Zweig

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Joseph Hodara

La publicación en hebreo del intercambio epistolar entre Sigmund Freud y Arnold Zweig (Resling, 2016) desnuda rincones íntimos de dos intelectuales que atinaron a identificar las debilidades -los pecados incluso- de la cultura judeo-alemana que los formó. Y más allá de sus contenidos particulares este diálogo evoca, si pensamos en nuestros corrientes hábitos con el gmail y el Google, la intimidad y la hondura que caracterizaron, en el reciente pasado, la intimidad de amigos y amantes cuando entonces tomaban la pluma y la envejecida máquina de escribir.
En efecto, tiempos no muy lejanos conocieron la pausada redacción de una carta, el estampillado correspondiente, la impaciente espera a algúna respuesta, el esfuerzo dirigido a descifrar a través de alguna palabra corregida o repensada los sutiles pensamientos escondidos en el diálogo: vivencias que hoy se alejan de nuestro entorno. La computadora, en efecto, cambia y desfigura aquel ánimo epistolar, le roba lo íntimo, elude equívocos y errores que trasmiten a menudo una genuina subjetividad.
Zweig y Freud iniciaron el diálogo por escrito en marzo 1927 cuando el primero le confiesa su deuda -más personal que literaria- al psicoanalista de Viena. ”
Gracias a usted he podido reponerme, comprender mi neurosis e incluso remediarla por medio de la terapia que ha propiciado”.
Pocos días después Freud contestará en términos formales, abriendo la posibilidad de un encuentro personal. Un diálogo que se prolonga hasta septiembre 1939 cuando la irrupción bélica habrá de trastornar gravemente la vida de ambos: de Freud en Viena y de Zweig en Palestina.
Este intercambio suscita además interés tanto por la trayectoria personal y literaria de Arnold Zweig como por la fisonomía cultural de la migración judeo-alemana que radicó en los años treinta en Haifa. Zweig nació en Góglow-poblado entonces en Prusia y hoy en Polonia- en 1887. Con genuino entusiasmo participó en la I Guerra al lado de las tropas alemanas; sin embargo, la desbordada crueldad de las batallas y la visión de judíos que asesinan a judíos en nombre de diferentes banderas le condujeron a una radical revisión de sus creencias. Se manifestaron en su libro “El caso del sargento Grischa” publicado en 1927. En los años treinta adhirió a algunos planteamientos del sionismo socialista sin renunciar -como en el caso de Martin Buber y Walter Benjamin- al singular relieve de la cultura alemana.
La quemazón de los libros en mayo 1933 y el odio a Hitler -le llamó “un Charlie Chaplin desprovisto de su talento”- le llevaron a emigrar a Praga, primero, y a Palestina después.
Para y a semejanza de no pocos judíos -alemanes (conocidos como yekes), Palestina constituía entonces el último refugio. Sin embargo, Berlín continuó presidiendo sus convicciones culturales y estilo de vida. Este nuevo ambiente, modelado por la encendida rivalidad de judíos, árabes y británicos, les fue extraño, incluso hostil. En carta de enero 1934, Zweig apunta las dificultades que encuentra en su nuevo entorno: “la calefacción no funciona, de la cocina salen malos olores, la lluvia traspone las puertas, el viento conmueve las ventanas…”, un cuadro que contrastaba en su ánimo con las comodidades que tenía en el hogar que debió abandonar.
Sin embargo, no dejó de revelar interés en algunos sucesos de la vida judía en Palestina. En particular, el caso del doctor Israel de Haan (1881-1924), intelectual y sionista holandés que se domicilió en los barrios religiosos de Jerusalén. Sus preferencias homosexuales y las severas críticas al liderazgo judío en Palestina suscitaron en la congregación secular sionista un ácido resentimiento. Por razones y figuras que no han sido debidamente identificados hasta hoy, de Haan fue asesinado.
Se trata del primer crimen político fraguado por judíos contra judíos en Palestina.
Incidente que Zweig comenta repetidamente en su correspondencia con Freud.
La marginalidad intelectual y económica lo condujo, en 1948, a abandonar Israel para integrarse a Alemania oriental. Aquí será reconocido como distinguido escritor y ejercerá durante varios años la presidencia de la Academia de Artes. El Premio Lenin certificará sus méritos. Aunque no llegó al rango literario de Stefan Zweig -jamás hubo contacto personal entre ellos-la trayectoria particular de Arnold, sus méritos como testigo de dos guerras mundiales, y su oposición a cualquier nacionalismo desbordado merecen atención. Y en particular, este diálogo que nos recuerda pautas epistolares que evocan otros tiempos. Justo recordarlas. ■

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