Las preocupaciones persisten

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Bolsa de Comercio de Nueva York

Benito Roitman

En una nota anterior me refería a las amenazas que se vislumbran en el horizonte internacional, relativas al posible inicio de una nueva crisis económica internacional, a los 10 años del comienzo de la que asolara, desde los EEUU, a las finanzas y las economías nacionales. En la última semana, la conocida revista “The Economist” se preguntaba en su portada cuán mala sería la próxima recesión, y en ese mismo número publicaba un informe especial sobre la economía mundial, titulado precisamente “La próxima recesión”.

Es decir, la eventualidad de que la economía internacional vuelva nuevamente a enfrentar un ciclo negativo es un tema presente en los organismos internacionales –en la nota anterior citaba las preocupaciones que al respecto manifiesta el Fondo Monetario Internacional- y también inquieta a un creciente número de economistas, tanto del sector público como del privado. Esas preocupaciones se basan, entre otras cosas, en el constatado enlentecimiento del crecimiento económico en la mayor parte de los países desarrollados, en el fortalecimiento del dólar y los efectos que esto provoca en los movimientos internacionales de capitales, así como en el encarecimiento de la deuda externa de los países emergentes, pero también en la insuficiente regulación del funcionamiento de los sistemas financieros. Y las medidas proteccionistas de los EEUU colocan a la economía internacional al borde de una guerra comercial, que de estallar y extenderse puede agregar serios problemas políticos a los puramente económicos.

Naturalmente, todos estos hechos e interpretaciones son bien conocidos en Israel, donde la Bolsa de Tel Aviv –pequeña como es en términos relativos- se muestra altamente sensible a los movimientos bursátiles internacionales y en especial a los estadounidenses (y así lo demostró la semana anterior cuando Wall Street registró su peor caída en los últimos 8 meses; las consecuencias para la Bolsa de Tel Aviv es que aún no ha recuperado los niveles anteriores a esa caída). Se sabe también que las exportaciones de bienes se mantienen prácticamente estancadas (entre 2016 y 2017 aumentaron menos de 1% en valor, excluyendo las exportaciones de diamantes), mientras que las importaciones de bienes siguen creciendo, de modo que el déficit que así se genera es cubierto por las crecientes exportaciones de servicios y por los ingresos de transferencias sin contrapartida, como tantas veces se ha señalado.

Pero las preocupaciones del gobierno andan por otros rumbos. Y esos otros rumbos distinguen perfectamente entre el corto y el largo plazo. En el corto plazo, las preocupaciones del gobierno son retener el poder, y para ello todo se vale; mantener en vilo a la población con la posibilidad de elecciones anticipadas un día sí y otro no; utilizar –sabiamente- el perpetuo anuncio de amenazas existenciales y alimentar los temores ancestrales, predicando las diferencias con el “otro” e incitando contra personas e instituciones que se salgan de la línea. Y en el largo plazo, las preocupaciones se centran en el mantenimiento del estatus quo el mayor tiempo posible, con la esperanza –dictada por la soberbia- de que una combinación de milagros celestiales y fuerzas terrenales lograrán que el “otro” desaparezca,

Y la sociedad israelí responde a estas preocupaciones de su gobierno apoyándolas, olvidando que alguna vez protestó por la justicia social, y que alguna vez, aún antes de esa protesta, soñó con la autorealización y se inspiró en ella para intentar la construcción de un modelo de vida solidario y democrático. En este intercambio actual entre sociedad y gobierno, entre sociedad y políticos, se viene perdiendo la noción de que los servidores públicos, que eso es lo que son los que detentan temporalmente cargos de responsabilidad en el gobierno, están precisamente al servicio de quienes les han encargado esa tarea. Por el contrario, lo que está sucediendo es que la sociedad responde “a la pavlov” a los estímulos que le proporcionan los políticos, sean éstos leyes nacionalistas, incitaciones contra los “enemigos” y “traidores” o autoelogios sobre los logros alcanzados (reales o imaginados).

Frente a las señales que envía la comunidad internacional con respecto a los nubarrones económicos que se vislumbran en el horizonte, el discurso gubernamental en Israel prefiere centrarse en lo “singular” de su proceso económico. Así, el Primer Ministro Netaniahu, en su reciente discurso en la apertura de las sesiones de invierno de la Kneset, afirmó que la década pasada fue una desgracia económica para muchos países, una década perdida y de estancamiento para el mundo, pero no para Israel, para el cual esa década habría sido maravillosa (palabras textuales).

Ciertamente, las exportaciones israelíes –que constituyen el motor que dinamiza su economía- han podido mostrar últimamente resultados positivos, porque el déficit en el balance comercial de bienes antes comentado, ha sido más que compensado por el superávit en la balanza comercial de servicios. En efecto, la exportación de servicios ha crecido en los últimos 4 años a un ritmo de 6.3% anual, y dentro de ellos, los servicios de sectores de alta tecnología han crecido por encima del 9% y representan más del 50% del total de las exportaciones de servicios.

Es de esperar que este proceso continúe, aunque sería deseable que en la producción de esos servicios aumente la participación ´propiamente israelí, ya que una parte significativa –y creciente- de esos servicios son producidos por filiales de empresas transnacionales instaladas en Israel, como ya se señalara en varias ocasiones. Y es preciso también tomar en cuenta que una parte de las exportaciones de alta tecnología, en las área de seguridad  –cuyo volumen no está cuantificado o al menos no es conocido públicamente- tiene destinos indeseables, no compatibles con disposiciones legales o éticas, o ambas, como lo mostrara una investigación publicada en estos días en el periódico “Haaretz” ( Jonathan Jacobson y Hagar Shezaf: “Nowhere to run, nowhere to hide”).

En todo caso, nada de esto parece preocupar demasiado al público israelí. Pero sí preocupa a quienes siguen (seguimos) con creciente angustia el acontecer diario en el país. Porque más allá de los males que la ocupación, por ejemplo, genera en ese público, que ya se ha acostumbrado a dar la espalda a las duras realidades que lo rodean, lo que se está gestando es una crisis interna, un conflicto dentro de la propia sociedad que, en palabras del Presidente de Israel, “es una amenaza mayor que las bombas nucleares o el terrorismo, mayor que los enemigos que buscan nuestra destrucción. La amenaza de una división interna será siempre la mayor amenaza de todas” (extractos del discurso del Presidente Ruben Rivlin, pronunciado en la apertura de las sesiones de invierno de la Knéset).

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