Las paradojas del populismo israelí

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La singularidad del fenómeno en nuestro país
Benito Roitman
Es prácticamente imposible leer los periódicos, escuchar comentarios en la radio o ver programas televisivos referidos a la actualidad nacional o internacional, sin tropezar constantemente con alguna mención al populismo.
Este concepto -que no es reciente pero que ha adquirido en la actualidad nuevos sentidos y una enorme difusión- aparece una y otra vez asociado con corrientes políticas que, entre otras cosas, buscan diferenciarse de los partidos políticos tradicionales y que cada vez más ocupan los espacios públicos, especialmente en el mundo occidental.
El populismo es también continuamente vinculado con los procesos económicos, en áreas tan diversas como la distribución del ingreso y la riqueza, las relaciones comerciales internacionales y el grado de participación del Estado en la regulación de la actividad productiva. Y no está de más recordar la difícil relación entre el populismo y la democracia, en particular cuando esta última va más allá de las definiciones formales.
Es así que el populismo es un concepto de muy difícil caracterización, puesto que viene siendo utilizado en muy distintas circunstancias y es aplicado a muy diferentes situaciones. De hecho, la literatura sobre el populismo -y me refiero a los trabajos académicos que intentan definirlo, explicarlo y acotarlo (además de entenderlo)- es muy vasta y en ocasiones contradictoria, reflejando así, más que nada, los obstáculos para captar un fenómeno tan multifacético.
Y sin embargo, es difícil resistir la tentación de indagar en qué medida el populismo -sus manifestaciones, su vinculación o desvinculación con los valores democráticos, su dimensión económica- está formando parte del panorama político israelí e influye sobre él. Porque en el caso del Israel actual es notoria la presencia de una creciente tendencia populista en lo político, entendiendo ese populismo como lo opuesto al pluralismo, como una actitud que excluye al otro (o lo ubica en un segundo plano) cuando éste no comparte tu posición, tus ideas, tus convicciones. Es decir, lo que se procura es obligar a unificarse alrededor de una concepción política homogénea, donde la noción de pueblo, de nación, se sitúa por encima de los valores humanos universales, excluyendo a los “diferentes”. Y todo ello bajo un liderazgo caudillesco que atemoriza con amenazas existenciales y conforta a sus seguidores con la seguridad como prioridad absoluta.
Pero esta creciente tendencia populista en lo político convive, en Israel, con una postura en lo económico que difiere fundamentalmente de lo que suele caracterizar a los populismos actuales, tanto en los Estados Unidos como en los países europeos donde éstos florecen. En efecto, en la mayoría de los países donde predominan las corrientes populistas  -o donde al menos tienen un peso significativo- esas corrientes (tanto que se califiquen como de derecha o se identifiquen como izquierdas) tienden a manifestarse en lo económico como adversas o, en el mejor de los casos, cautelosas con respecto a ciertos rasgos de la globalización, por el temor -real o imaginario o exagerado- de la pérdida de empleos o de la disminución de los niveles salariales (especialmente en las áreas de menor calificación), a causa de una competencia externa desleal. De hecho, estudios recientes apuntan hacia probables vinculaciones entre el auge de movimientos populistas en varios países y la constatación de algunos efectos negativos derivados de la globalización económica y financiera, en particular en lo que hace a aumentos en la desigualdad de ingresos a nivel nacional (ver por ejemplo Dani Rodrik: “Populism and the economics of globalization”. Harvard University, Agosto 2017).
Pero la expansión del populismo en Israel, como parte de una estrategia del gobierno para acallar toda oposición y demonizar -e ilegalizar- toda expresión contraria a los intereses de la coalición gubernamental, parece estar estrictamente centrada en el ámbito político. No se detectan expresiones populistas referidas a temas tales como la necesidad de una mayor justicia social, una más justa distribución de los frutos del crecimiento económico, una mayor claridad y transparencia en la gestión de los recursos naturales propiedad de la Nación, una mayor participación del gobierno en el bienestar y avance de toda la población (educación salud, infraestructura) con un compromiso presupuestal civil concomitante con esa mayor participación.
Ciertamente hubo en el pasado reciente manifestaciones populares -que no populistas- exigiendo cambios en la política económica y social; contra las manipulaciones con el gas natural se manifestó también una parte (menor) de la población, así como ha habido protestas contra las aberrantes diferencias entre los salarios de la cúspide empresarial y los promedios nacionales. Pero este tipo de manifestaciones no han alcanzado a cuajar como movimientos (¿populares? ¿populistas?) y el modelo neoliberal que sigue el gobierno no parece estar puesto en tela de juicio.
Sin embargo, en el resto del mundo, algunos aspectos centrales de ese modelo económico-social están siendo cuestionados desde los propios organismos que lo impusieron en su momento. En junio del 2016 se publicó en Finance and Development, un magazine trimestral del Fondo Monetario Internacional (FMI), una nota preparada por tres funcionarios de la Institución (J.Ostroy, P.Loungani y D. Furceri) titulada “Neoliberalism: oversold?” (“El neoliberalismo: ¿sobrevendido?”), que despertó mucho interés internacionalmente, en vista del tradicional apoyo del FMI al modelo neoliberal.
En esa nota se señala que ciertos aspectos de ese modelo, especialmente los relacionados con la apertura financiera (libre movimientos de capitales, tanto para inversión directa como especulativos) y los vinculados con la austeridad fiscal (asociada a la paulatina disminución del papel del Estado en la actividad económica y social) habrían contribuido negativamente al crecimiento y al bienestar en un extenso número de países.
Curiosamente (o quizás no sea tan curioso) esa nota no se conoció prácticamente en Israel, pese a que fuera profusamente comentada -a favor o en contra- en los principales medios económicos internacionales. El hecho es que en Israel se mantiene una paradoja. El populismo, como manifestación política de la derecha empeñada en ahogar toda expresión de pluralismo, aun  cuando esta última resulta esencial para el mantenimiento de la democracia- procede sin que aparezcan en el horizonte fuerzas que lo detengan.
Mientras tanto, en nombre de la libertad de elección y de la soberanía de los mercados, continúa intocado el avance del comportamiento económico y social que mantiene a Israel a la cola de los países desarrollados, tanto en materia de pobreza como de distribución del ingreso. Y todos tan contentos.

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