Las agonías de un personaje según Chico Buarque

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Joseph Hodara

Por fin en estos días ve clara luz en hebreo Leite derramado, evocaciones agónicas de un viejo postrado en la cama de un hospital, atendido caprichosamente por su hija o por una enfermera que aparecen y se ausentan conforme a sus delirios.
Su autor es el brasilero Chico Buarque (Río de Janeiro, 1944) considerado “hombre orquesta” por sus múltiples incursiones en el cine, en la música, en la poesía y en la narración literaria. Aportes que cristalizaron con múltiples ecos sin adherir a los caprichosos vaivenes políticos de su país, especialmente aquellos que tuvieron lugar en los años sesenta del régimen militar.
Desciende Chico de una familia privilegiada con hondas raíces en la aristocracia europea. De aquí los datos y las aventuras que cristalizan en este relato que apenas ofrece un respiro al lector. Algún antecedente de este juego memorioso cabe encontrar en obra anterior -Budapeste- pero en estas páginas se desborda y desborda la fantasía del lector.
Cuando escribo “agonías” me remito al significado literal del término. Éste no alude en rigor al tránsito hacia la muerte; al contrario, en su origen griego indica un anhelo desesperado en favor de la vida. Así, el anciano Eulálio Assumpcao lo protagoniza con la ayuda de sus recuerdos que hilvana caprichosamente, revelando en y con ellos una indisciplinada sensualidad que acaso bien refleja el temple de Brasil, cuna del escritor.
En el relato se mezclan caóticamente los personajes y los episodios, algunos hechos históricos y, en particular, múltiples arrebatos de instintos corporales y distinciones étnicas. Matilde es la mujer recordada y deseada que multiplicó las vibraciones de su vida, y su vida se modela y se arrebata conforme a su amor, a sus caprichos y a los engaños.
Eulálio recuerda, imagina, inventa: recursos que tal vez- así tiende a pensar- lo alejarán de la muerte. Él es resultado -como el mismo Chico- de una familia ilustrada a la que el idioma y la cultura de Francia le obsequió nobleza y exquisitez. Las circunstancias que se verifican en su caprichoso país le quitan recursos, mas no la memoria. Y con ésta recupera signos y recuerdos de la noble estirpe que modeló su vida, poniendo énfasis en una vibrante sensualidad que se encarna no sólo en los personajes y en él mismo; también en las mansiones y calles y tugurios que conoció -o le parece que así fue- en su vida.
Cabe felicitar a la traductora Erela Thalenberg Lehrer. Razonablemente- con algunas excepciones- acertó en la interpretación de expresiones, episodios y circunstancias que modelan la historia de la cultura brasileña; en algunos casos notas de pie de página aclaran las alusiones del memorioso anciano. Y corresponde añadir que, en contraste con otros idiomas que presentaron dificultades para traducir el nombre del relato, en hebreo encontró feliz expresión: Jalav shenishpaj. Es obligación recogerla. ■

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