La locura de buscar una solución impuesta al conflicto israelí-palestino

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Acuerdo de Oslo

Col. (Res.) Dr. Eran Lerman
La noción de que una solución impuesta al conflicto israelí-palestino es viable y, en última instancia, es el mejor interés de Israel, es pura locura. Procede de un conjunto de suposiciones erróneas: que el fracaso en lograr un avance es enteramente culpa de Israel (“los asentamientos”, etc.); que un breve shock agudo es todo lo que se necesitaría para hacer que Israel “entre en razón” y que la única razón por la que aún no se ha impuesto una solución es que Israel ha sido protegido de las consecuencias de sus políticas por sus amigos poderosos (principalmente en los Estados Unidos).
acuerdo2_webCada una de estas suposiciones falsas conduce a una conclusión falsa y siguiendo su lógica, son contraproducentes. En primer lugar, aunque no todas las acciones y posiciones israelíes en las últimas dos décadas han sido estratégicamente sabias (la estructura del Proceso de Oslo es lo que me viene a la mente), gran parte de la responsabilidad de su fracaso recae en los palestinos. Los palestinos continúan glorificando y recompensando la violencia y aferrándose fervientemente a la esperanza de que puedan alcanzar la condición de Estado en sus propios términos, sin conceder la necesidad básica de seguridad de Israel y sin reconocer la legitimidad recíproca de los dos movimientos nacionales.

La negativa de los palestinos a aceptar a Israel como la encarnación del derecho del pueblo judío a la autodeterminación nacional -de hecho, su negativa a aceptar que hay un pueblo judío- socava lo que es ciertamente un requisito básico si los acuerdos de paz deben mantenerse.
Al defender la presión coercitiva sobre Israel, los posibles “pacificadores” hacen imposible la paz. Para cualquier líder palestino (particularmente uno débil y vacilante), una solución impuesta es una alternativa sin dolor al difícil asunto de negociar un compromiso. Incluso el indicio de tal posibilidad es suficiente para persuadir a los políticos palestinos de que es mejor proyectar sus esperanzas en la intervención internacional que aceptar un resultado negociado.

Saeb Erekat
Saeb Erekat

El “Estudio N° 15” de Saeb Erekat de 2014 (un extenso documento político en el que abogaba por un curso de confrontación y presión internacional) es un ejemplo. Esto resultó en el fracaso del Secretario de Estado estadounidense, John Kerry, al no poder lograr un avance a pesar de un intenso esfuerzo por parte del gobierno de Obama, para llevar a Mahmoud Abbás a la mesa de negociaciones.
La segunda suposición falsa es -que una importante intervención internacional contra los intereses israelíes puede obligar al gobierno a realizar importantes concesiones- resulta igualmente peligrosa, es un intento miope de alterar el statu quo. La verdadera responsabilidad moral (que los llamados activistas de la paz reclaman como su luz rectora) requiere una evaluación sobria de lo que seguiría tal intervención. Un análisis sistémico, que va desde el extremo del juego al revés, hace que las trágicas implicaciones de una solución impuesta sean demasiado evidentes.
Los defensores de la coacción tienen que ser advertidos de la magnitud de las perturbaciones humanas, sociales, económicas y políticas a que se enfrentará Israel y luego considerar si esto se agravará por la presión externa. El único organismo de ejecución para una solución impuesta, como fue el caso en Gaza en 2005, es las Fuerzas de Defensa de Israel, que actúa en apoyo de una decisión democrática legítima. Tal decisión sólo puede tomarse si se ha logrado un compromiso decente, feo pero equitativo, en la mesa de negociaciones. La alternativa que un gobierno israelí electo debe imponer un gran dolor a su propio pueblo sin recompensa y bajo presión extranjera, es una fantasía.

Mahmoud Abbás
Mahmoud Abbás

Por último, es igualmente falso, tanto desde el punto de vista histórico como analítico, el argumento de que simplemente hubo un “lobby” que ha impedido que se preste la presión necesaria.
La falta de una solución impuesta hasta ahora no refleja la locura política, sino la sabiduría diplomática. Nunca se ha intentado porque incluso las partes más agresivas sabían que no funcionaría. Para el secretario de Estado, James Baker, por ejemplo, era un principio básico que los Estados Unidos no querían la paz más que las propias partes y en los últimos años, ha habido señales alentadoras de que algunos líderes europeos han llegado a la misma conclusión.
Un episodio, antiguo y secreto, debe ser mencionado en este contexto. En el punto culminante de la crisis de la guerra de 1973 (que coincidió con el momento decisivo de la crisis de Watergate), el presidente Nixon ordenó a su secretario de Estado que alcanzara un entendimiento coercitivo con los soviéticos que se impondría a Israel, sin importar la opinión judía. Henry Kissinger, rechazó rotundamente esta opción – no debido a preocupaciones personales o políticas domésticas, sino porque él sabía que esto no funcionaría.
Cuando el presidente Carter, intentó algo similar con Leonid Brezhnev, en 1977, Anwar Sadat se rebeló y llegó a Jerusalén. Sadat comprendió bien lo que los palestinos y algunos israelíes no hicieron: que sólo una solución aceptada por una amplia mayoría de israelíes podría ser implementada de manera efectiva.
Todo esto, por supuesto, se aplica a las decisiones que la administración Obama, haga en sus días de “pato rengo” (los últimos días presidenciales, en los que los mandatarios se tientan a “dejar un legado”). Sería desastroso que Obama deje un legado que haga la paz menos probable. Fuente Centro de Estudios BESA

Col. (res.) Dr. Eran Lerman es investigador principal asociado en el Centro de Estudios BESA, y ex asesor de política exterior y asuntos internacionales en el Consejo de Seguridad Nacional. También es miembro de Shalem College.

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