La Ley: de la filosofía a la actualidad

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Ten Commandments on stone tablets isolated on a white background with clipping path

A propósito de la “Ley de Regularización”
Aarón Alboukrek
Aunque para Platón “ningún hombre ha escrito ley alguna pues las vicisitudes y las calamidades de toda índole deciden todas las legislaciones (Las leyes), a pesar de que  Voltaire puso en la creencia de su personaje Zadig “que las leyes habían estado hechas tanto para socorrer a los ciudadanos como para intimidarlos” (Zadig), a pesar de que el erudito y señero Montaigne sentenció en sus irrepetibles Ensayos quizás el razonamiento más inquietante que se haya escrito sobre la naturaleza de las leyes, incluso más audaz que aquellos propuestos por el propio sabio Montesquieu en El espíritu de las leyes, y que reza en mi propia traducción como: “No se respetan las leyes porque éstas sean justas, sino porque son leyes; ese es el fundamento místico de su autoridad, no tienen otro…”, y a pesar de que no existe testigo superior que pueda legitimar una ley, las leyes están escritas con voluntad por el ser humano, lo enfrentan sin voluntad a paradojas catastróficas y abstrusas, terminan por regirlo de manera categórica, y someten el mundo, con gran inteligencia o sin ella pues en muchas ocasiones -como dijo el mismo Montaigne- están escritas por “sots” (tontos) y se podría añadir por abusivos y egoístas, entre otras muchas categorías.
Alguien podría decir desde ya que las leyes religiosas como los Diez Mandamientos tienen un testigo superior, más aún, que tales leyes fueron escritas por el mismo testigo, sin embargo su legitimidad procedería de un fundamento abstracto que emana de una revelación tradicional asumida como un dogma escolástico y no como el resultado de un proceso lógico-racionalista, parecido al fundamento místico del que habla Montaigne. El filósofo francés Derrida lo explica con brillantez, la ley se obedece porque se cree en ella, es como un acto de fe: “La autoridad de las leyes sólo se basa en el respeto que se les dé” traduzco de Force de loi.
Sin ahondar en la complejidad del pensamiento y del discurso de Derrida que rebasa los límites del presente texto y que se orientan singularmente hacia otros problemas filosóficos del lenguaje y la realidad, cabe añadir que “sin fuerza no hay derecho”, que éste se puede ejercer, justa o injustamente -no afecta el sentido en este caso- en la medida que se impone, como la imposición firme, contundente, de una fuerza pública. La violencia ejercida por el derecho está legitimada en el acto mismo de creer en la ley, de depositar en ella, no la confianza, sino la fe que le da aliento, su anima imperial. Por ello quizás Píndaro habló de la ley como una reina que se enseñorea sobre el mundo, sobre el ser humano y hasta sobre los dioses; por esto mismo al exigir justicia se suele exaltar a la ley como omnímoda. En este sentido, en el del fundamento místico de su autoridad, es que la ley no tiene que ver propiamente con la justicia, si bien la inexistencia de ella es la negación de su utilidad.
La ley es parecida a un diccionario, se cree en él tenazmente, como una autoridad abstracta en sí misma emergida de un lugar donde reside la fuente del conocimiento filológico verdadero, sin pensar que está hecho por personas que se pueden equivocar o que pueden falsear un significado por alguna intención ideológica, de tal suerte que si se encuentra un error de cualquier tipo en una palabra se es capaz de irritarse en sumo grado y de hasta arrojar el libro a la basura como negando el hecho, pues los diccionarios “no pueden tener errores, son objetivos, neutros, prescriptivos, verdaderos”, “¡lo dice el diccionario!”. La leyes tienen errores, fallas y contradicciones, y en no pocas ocasiones empujan, por una redacción defectuosa o amañada, a caer en graves errores de interpretación, pero aún así su fuerza es normativa y ordena, de ahí el famoso binomio de “la ley y el orden” donde la verdad se impone a la destrucción.
Y precisamente por este fundamento místico de su autoridad, por la pleitesía que deriva en la conducta humana y por la coerción inherente a su existencia es que la elaboración de leyes es tan delicada. El abuso legal es el instrumento más peligroso de un gobierno, las leyes pueden ser elaboradas para dominar, controlar, robar o extinguir al otro y ser contempladas por porciones importantes de las sociedades con sustento, con legitimidad, y por los tribunales directamente competentes como materia sustentable. ¿Cuántos casos no se conocen así? La historia está plagada de ellos, recordemos tan sólo la institución jurídica de la esclavitud en diversos países y épocas, o a Wilhelm Frick. También se pueden elaborar leyes que restringen las libertades otorgadas en pos de la seguridad derivadas de inestabilidades sociales o del terrorismo, como el caso de la ley Patriot, por ejemplo, leyes que si bien llegan al  escrutinio público y son a menudo objetadas, una vez que se aprueban por el poder de donde emanan, no se desobedecen no porque sean injustas sino porque son leyes. La historia nos dice que si ciertas leyes transgreden en demasía y continuamente los derechos naturales o aquellos protegidos por otras leyes elaboradas para tal fin habrá revueltas o revoluciones, lo cual implica o bien que esas leyes no entraron por la puerta del acto de fe o la puerta del acto de fe se cerró relativizando ese fundamento místico de autoridad. La intimidación del poder público es inconmensurable.
Dicho todo esto, termino con una pregunta: ¿Cómo se debe interpretar la Ley de Regularización israelí en la que se legalizarían asentamientos hebreos sobre terrenos privados palestinos?

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