La lectura como pecado

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Joseph Hodara

Hace un par de décadas publiqué en una revista universitaria algunas notas sobre el probable fin de la literatura. Preguntaba allí “¿habrá lectores en el siglo XXI?”, y si habrán, ¿quién y cuántos se contarán entre ellos?

Las reacciones al texto oscilaron entonces entre el inocente asombro de la audiencia por mi cuestionamiento y la irritada actitud por traer un tema que tendría tajante respuesta: siempre y en cualquier futuro la página literaria sobrevivirá.

Es cierto: incursiones en la novela, el ensayo o la poesía no faltarán; en contraste, creo que se reducirán los lectores. Claramente, la revolución digital apura este proceso. El intercambio de apurados mensajes acompañados con sonrientes o lagrimosos muñequitos a través del hoy infaltable aparato no dispensa ni tiempo ni razones para detenerse en alguna página de Voltaire o de Amós Oz. Por supuesto, las resistencias a la lectura literaria no son nuevas; existen desde tiempo ha, aunque se acentúan en nuestros días.

Marcel Proust (1871-1922) consagró algunas páginas al acto- entre entusiasta y pecaminoso- de leer. Las redactó en 1905, tres años antes de sus celebradas incursiones sobre el tiempo perdido. Recuerda por ejemplo que cuando se inclinaba a abrir algún libro en su cuarto, en horas de la mañana, alguien – la madre, el abuelo, la sirvienta – golpeaba la puerta para liberarlo de su voluntario y bien amado aislamiento. Y con razón se preguntaba entonces: “cuando estoy solo con un libro o escribo, ¿estoy realmente solo?”…

Su experiencia aviva recuerdos personales que me obligan a pedir disculpas al lector.

En mis tiempos preadolescentes solía entusiasmarme con alguna página de Stephan Zweig (1881-1942) o con la prosa del argentino José Ingenieros (1877-1925). Lecturas que debía abandonar a la hora de la comida familiar. Un mandato que incumplía pues, postrado el libro en mis rodillas, le dedicaba furtivas miradas mientras consumía lo que había en la mesa. Inclinación que mi padre no toleraba. Su categórico gesto me invitaba a saborear la sopa y los tallarines ofrecidos o quedar con hambre al estar dominado por mi vicio. Dura elección entonces.

Circunstancias hoy impensables. Los intercambios digitales, con anglicismos que van del whatsapp al facebook, messenger y otros canales, tienen firme presencia en múltiples medios, desde los públicos a la intimidad. Motivan y acompañan cualquier diálogo en la calle, con los amigos, o en la aparente soledad. Y en estos vaivenes de intensa comunicación, ¿para qué y por qué acudir a Saramago, a García Márquez o a Calvino? ¿Quién en verdad los necesita?  ¿Y para qué?

Con estas apuradas reflexiones retorno al texto de Proust con sus párrafos amplios, que a menudo se antojan interminables, pero que al fin encantan y conmueven. Con alguna libertad recuerdo aquí lo que escribe: “No leí en mi medida en el cuarto… Debí salir al parque con ellos… jugar en las orillas del lago…esperar la merienda que llegó en canastas… y reencontrarme por fin con el libro prohibido”.

Un texto que conduce a reiterar la pregunta: los adolescentes de hoy, hipnotizados por los medios electrónicos, ¿llegarán a conocer en el devenir los sinuosos encantos de la literatura?■

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