La ineludible presencia de Madame Bovary

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Primera edición de la novela Madame Bovary

Joseph Hodara
Para algunos lectores de Gustave Flaubert, la figura, las aventuras y el suicidio de Madame Bovary se antojan episodios hoy inimaginables. Si ocurre en estos tiempos que una joven e inquieta muchacha contrae matrimonio con un médico mediocre que le dobla en edad sin encontrar la felicidad soñada, considerará probablemente varias opciones. Una es distanciarse legalmente del marido por decisión de un equilibrado tribunal; otra es por lo menos impedir, con los recursos que la medicina ofrece, la llegada de algún descendiente susceptible de reproducir rasgos que ella detesta en su cónyuge; y puede, como tercera iniciativa y sin agotar ciertamente las posibilidades, consultar alguna lista de varones que google ofrece con amplitud. Sin embargo, estas decisiones no reflejarán en modo alguno ni la letra ni el espíritu del texto flaubertiano.
21josephSe recordarán estos episodios: Charles Bovary, el marido de Emma, es un hombre honesto pero limitado; sin opciones, contrae matrimonio con Madame Dubuc que le dobla en edad; y cuando ella muere, Charles conoce a la joven hija de uno de sus pacientes. Así se verifica un nuevo matrimonio que implica, en su inicio, fervorosas ilusiones para Emma, pero bien pronto se desnuda y desnuda la realidad: Charles apenas cuenta con la imaginación y los recursos que ella reclama, y es irremediablemente ciego respecto a las afiebradas fantasías de su mujer. Al poco tiempo Emma, sin pasión alguna, se embaraza, nace su hija Berthe, y la abandona sin vacilaciones al cuidado de Madame Rollet. Su ascendente frustración le conducirá a otras aventuras.
En efecto, abrumada por el tedio y la decepción, Emma se intoxica con fantasías que se traducen en la realidad en amantes y joyas. Busca afanosamente algún remedio a sus crecientes decepciones. Charles le aburre, y ella explora múltiples maneras de romper el tedio. En estas circunstancias, las seductoras palabras y la íntima relación con un modesto funcionario – León Dupuis- le ofrece algún consuelo; pero se trata de un episodio que se desvanece con rapidez; León no satisface sus apetitos como mujer joven y vital.
Conocerá más tarde una experiencia obsequiosa y placentera con Rodolphe Boulanger, hermoso y experimentado varón que al cabo le engaña y abandona. Desesperada y sin opciones, Emma contrae deudas insoportables con el comerciante y prestamista Lhereux quien, al no recibir el pago con los intereses correspondientes, le advierte que hará público su engaño y traición. Entonces, abrumada y sin salida, contando sólo 29 años, encuentra en el suicidio el último remedio.
Cabe subrayar que el árido hilvanamiento de estas circunstancias apenas refleja las principales ideas que guiaron al escritor francés (1821-1880). Sugiero más bien que al calor de las inclinaciones románticas de su tiempo, Flaubert nos ofrece en su Madame Bovary una trama que no ha perdido actualidad. Antes al contrario.
Primero, el sustancial y con frecuencia inevitable conflicto entre la fantasía y la realidad. Así, animada por un afiebrado romanticismo, Emma confunde y se confunde en esta dialéctica, y cuando tiene conciencia de su auto-engaño, el suicidio se le antoja su única y desesperada opción.
Y cabe encontrar, después, el desprecio del escritor a una burguesía en ascenso que, para su gusto, es vulgar, mediocre y incurablemente alejada de la buena cultura. Y, en fin, los personajes que pueblan la trama – incluyendo a Emma – no atinan a bien comunicarse, dialogan sin comprender y sin comprenderse, y hacen del autoengaño un hábito cotidiano.
Mensajes que en Flaubert alimentan una particular actitud opuesta al credo positivista que empezó a ganar partidarios y espacios en el siglo XIX europeo. El escritor postuló que más allá de los cálculos racionales que la ciencia pretende instituir, lo humano no dejará de tener nudos y nexos misteriosos, enigmáticos e impredecibles. Cabe calcular los años de una vida; es improbable descifrar su lógica y su curso. El cristalino mensaje de Madame Bovary que no ha perdido actualidad.  ■

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