La encrucijada del Estado de Israel

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Aarón Alboukrek
El pensamiento religioso judío desencadenado por Moisés y la Torá es tan inmensamente poderoso que ha construido un laberinto subterráneo e intrincado para la identidad nacional del pueblo judío. La voz hebrea davar que significa palabra y cosa al mismo tiempo encierra la fuerza creativa que ha liberado todas las aproximaciones del pensamiento judío respecto al ser en el mundo. Este binomio lingüístico, donde las palabras parecieran estar fundidas a las cosas que enuncian ha logrado que la abstracción mosaica de Dios sea imperial, pues lo incognoscible como principio epistémico ha trascendido la esfera religiosa y ha permeado la historia de las mentalidades judías.
Sea desde la perspectiva de Moisés que encara la abstracción divina como “yo soy el que soy y seré” hasta su representación como la presencia eterna de la nada en Freud, pasando por la inteligencia-ininteligible de la teología negativa de Maimónides o la mística antiinstitucional de Wittgenstein, lo incognoscible primigenio ha originado el discurso de la edificación perpetua. De la Torá a la Declaración del Estado de Israel se transcribe el camino discursivo hacia el futuro de lo inescrutable. La identidad judía es indefinible porque es la materialidad de una metáfora de lo ininteligible o de la nada, a según, que busca ser llenada con palabras constructoras, con las voces liturgia y democracia en sus extremos, o con las palabras onírico e inconsciente en un decurso específico. El ser judío se busca en la perpetuidad del futuro y su memoria, anclada en la omnipresencia abstracta o en la nada, desata el descubrimiento. La búsqueda es constructora al vigorizar la arqueología restauradora del enigma o del vacío inaugural. La identidad es un perpetuo viaje hacia el futuro insondable del origen, una travesía discursiva que lo jala hacia la reiteración pragmática de su memoria fundacional.

Elección y marginalidad
La elección, ya sea un llamado sagrado o un agudo acto alegórico del poder humano ufanado de su propia soledad monárquica y temible, hizo al judío inventor de su marginalidad creativa y con ello desencadenó el discurso constructivo desde lo ignoto o desde la nada. En el camino bíblico el judío vio reflejada su soledad en la alteridad y dictó no hacer a nadie lo que uno odia para sí mismo. Fundó así la esencia de su ética toráica y se vio entonces a sí mismo como emisor ermitaño de un acto verbal incluyente. La exclusión litúrgica de la otredad no fue sino la metáfora de la inclusión en la diversidad, su potestad devino universal en la marginalidad de su pensamiento abstracto o vacío por rellenar. Exclusión y protodemocracia constituyeron en el pensamiento religioso judío los cimientos de su paradójico aislamiento participativo. La incomprensión y el repudio orquestado a la emisión de una ética fundada en el derecho a la marginalidad potestativa como derivada de un llamado sagrado o de un acto verbal monárquico electivo constituyeron el origen de una transformación inesperada para el judío: la alteración de lo incognoscible o de la nada como libertad en prisión creativa: el gueto interior y real. Lo incognoscible o la nada impulsores se cargaron entonces con persecución y muerte ejercidas desde el exterior.
El hecho de que ese cambio no naciera desde el interior del pensamiento judío hizo posible que su ética fundacional resistiera históricamente al aislamiento sin permitir su debilitamiento. Así, el discurso midráshico pudo seguir su camino para construir dentro de lo incognoscible o dentro de la nada, llevando en su corazón las piedras del Templo destruido convertidas en alas de litúrgica redención y recreadas en la edificación de cientos de templos y yeshivot. La diferencia potestativa perseguida se fue endureciendo y se convirtió con el tiempo para una porción del pueblo errante en una iniquidad insostenible que terminó en los escritos de Herzl y en la creación de un Estado Nacional, un refugio para que el pueblo judío pudiera ejercer con libertad su diferencia participativa en el mundo pero transformando la ética toráica en ética democrática pues habría un porcentaje de no judíos que permanecerían o nacerían en Israel.

Fusión de heroísmo y victimación
Sin embargo, el pueblo judío no pudo eludir la atracción al vacío de la muerte al haber sido víctima constante del asesinato o del genocidio durante siglos y hasta unos años antes de la fundación del Estado. De tal suerte que lo libertario y lo opresivo se fundieron desde muy temprano en esa arqueología restauradora y por efecto en la identidad a cuya ansiedad de búsqueda se le añadió la oquedad de la angustia. El heroísmo y la victimación cohabitaron desde entonces como si fueran un acto verbal de la identidad colectiva sin que el Estado haya resuelto del todo la paradoja, pues el contexto de guerra permanente pone en reflectividad el abismo del genocidio, los vacíos exulcerados de la destructividad impuesta.
El poder representativo actual en el Estado de Israel se resiste a perder la liturgia constructiva desde lo incognoscible como identidad nacional diferenciada de la otredad judía israelí laica o de la no judía oriunda. En su consternación, tal vez inopinada, derivada de la Declaración misma de independencia hace ya más de medio siglo, impulsa ahora el enlace de las voces judío-y-democrático para preservar esa autonomía excluyente-incluyente en apariencia sin contradicciones impugnables. Pero ¿puede el discurso ritualista continuar su andanza tradicional en un estado político y sobreponerla al discurso democrático constitucional de los sionistas fundadores? ¿El torrente democrático puede ser impedido al ser elaboradas leyes especiales para las minorías no judías como el matrimonio civil?
En sentido estricto, no existe un problema en relacionar lo judío y lo democrático visto desde la ética toráica de preservar el derecho ajeno, de no ejercer lo que uno no quiere para sí mismo, sea la restricción de derechos naturalmente adquiridos o la elaboración de leyes privativas. Pero esa relación en realidad sólo sigue siendo funcional en la diáspora, pues el judío diaspórico no lidera el ordenamiento jurídico en el que vive y se define como una minoría confesional con todas las implicaciones que esto supone.
En un sentido amplio, en el Estado de Israel el heroísmo y la victimación pueden traducirse en dos sentidos que se hacen sombra: 1) la permutación de la ética toráica en democracia institucional en un estado de guerra continua que atrae el malestar de la cultura por la ausencia de paz, y 2) la negación a emanciparse del vacío demoledor del genocidio como una prueba de la perfección mesiánica mediante el rechazo a un estado político que incurre en la imperfección de la democracia.
Herzl no imaginó la encrucijada.
a) Los judíos están divididos en dos sentidos irreconciliables:
1) Los que edifican a partir de la certeza de lo divino
2) Los que edifican a partir de la incertidumbre humana
b) La representación del poder gubernamental pertenece hoy a los primeros; las fronteras entre las sinagogas, los cuarteles y las oficinas parlamentarias se invaden.
c) Israel alberga un porcentaje significativo de israelíes no judíos en creciente animadversión.
d) Proteger amplia y palmariamente los derechos políticos de los israelíes no judíos se plantea como la posibilidad de desarticular el ejercicio libre de la diferencia potestativa política que indujo la creación del Estado.

Diferencia y exclusión
La encrucijada: Si la diferencia se extingue el judaísmo perece, pero si la exclusión se impone también, pues contradiría su fundamento ético toráico. Si el estado se autodenomina judío con valor jurídico perece como estado democrático, si relaciona las cualidades de judío y democrático de la misma manera no se salvará del autoritarismo.
Todo apuntaría a que:
1.- a) El judaísmo religioso y el laico tendrían que pasar por una refundición afectiva que evitara la atracción al vacío demoledor de la memoria ensangrentada.
b) El judaísmo religioso tendría que actuar espiritualmente contra los efectos destructores y discriminatorios del fanatismo y el judaísmo laico hacer lo propio recurriendo al constitucionalismo.
c) El judaísmo religioso tendría que revalorar su conexión con las instituciones políticas y asumir los límites de su discurso y de su ejercicio en lo social.
2.- a) El gobierno de Israel tendría que impedir la participación política y jurídica de las instituciones religiosas y formular un código civil universal. El Estado tendría que asumir por consecuencia que la nacionalidad israelí es la condicionante jurídica para regular las relaciones personales y patrimoniales de todos los ciudadanos, y que la fijeza del amor reproductivo para reproducir a su vez una cultura no dependería de una lucha mediatizada por el oficialismo sino de la fuerza valorativa espontánea que los ciudadanos le imprimiesen, aunque ésta última fuese trasvasada por lo religioso. Los niveles de uniformidad y mixtura tendrían que depender así de la libre flotación de todos los valores asumidos por los individuos y las colectividades que forman, de tal suerte que el amor entre ultraortodoxos tendría que ser garantizado en sus formas al igual que el de todas las mezclas posibles incluyendo la combinatoria de aquellos con preferencias hacia el mismo sexo. Al igual que las lenguas, no se podría forzar la permanencia de una cultura por decreto, aunque los decretos silenciosos hayan destruido a muchas de ellas. Nacer judío tendría que ser útil especialmente para la Ley del Retorno, pero una vez inmigrado el judío tendría la libertad real de amar ahí a quien quisiera y heredar a su discreción dentro de las normas cívicas, de forma similar al libre ejercicio de cualquier credo que ya ha sido garantizado en la Declaración de Independencia.
b) La animadversión del israelí no judío tendría que ser atendida como una prioridad nacional.
c) El discurso político tendría que irradiar hacia el popular una orientación constructiva reordenándose hacia el abatimiento del fanatismo y del odio.
d) Se tendría que analizar críticamente lo que el Estado ha dejado de hacer por necesidad al mérito o lo que ha hecho por necedad al demérito en relación particular hacia todas las minorías, sin distingo.
e) Los acuerdos de paz, con la ayuda internacional, tendrían que garantizar por sí mismos una solución equitativa y lenitiva para todos del problema de los palestinos desplazados.
f) Se tendría que considerar algún día instrumentar el derecho de voto pleno de los millones de judíos diáspóricos si el Estado los usara como instrumento político defensivo ante el crecimiento poblacional no judío israelí animadversado con omisión institucional. O si el Estado desconfiara de la lealtad espontánea del nuevo inmigrante imponiéndole un juramento restrictivo a su idea de ser judío a partir de un supuesto ideológico asaz nebuloso.
3-. a) El pueblo tendría que sensibilizarse de la necesidad de una reformulación de la poliarquía israelí si ésta fuese percibida, al menos por una porción, como el resultado de un proceso electoral que empodera a una élite y no como el efecto de un ejercicio lo más plural posible del ordenamiento jurídico democrático.
b) El pueblo tendría que enfrentar racionalmente la disyuntiva derramada entre democracia o sobrevivencia.
Pero el futuro, lector, es ignoto, tanto como el principio del origen. El problema serpentea entre en las palabras y las cosas, entre las voces a dúo del singular sustantivo hebreo davar.

1 Comentario

  1. Lo único que sinceramente me gustó de éste largo y árido artículo es la lindísima foto del Arco de Triunfo de Titus Harashá en Roma que lo acompaña, y en la cual se pueden distinguir con gran nitidez los “kelim” de nuestro Templo y nuestro símbolo nacional, la “menorá”, cargada sobre los hombros de las huestes romanas. Ese mismo Templo que hoy los descarados y mentirosos árabes dicen que jamás existió…

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