La economía de Israel debe establecer lo urgente y lo importante

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Puerto de Haifa

Benito Roitman

Es difícil establecer un balance adecuado entre el quehacer económico, el desenvolvimiento de los procesos políticos y las preocupaciones por el bienestar personal. Más allá de la indudable relación e interacción entre todos esos aspectos de lo social, es preciso reconocer que determinadas circunstancias llevan a priorizar a alguno de ellos en la opinión pública, aunque también suele pasar que esa opinión sea llevada a centrarse en ciertos temas en detrimento de otros, casi como una forma de desviación y manipulación de la atención.
Algo de esto parece estar sucediendo en Israel. En el ámbito político, los temas de seguridad continúan dominando el escenario, alimentados por la recurrencia de los atentados -que persisten en el tiempo, aún cuando siguen sin constituir acciones organizadas- y por la respuesta gubernamental, empeñada en controlar la situación con un mayor despliegue de medidas represivas, aprobadas cada vez más por el conjunto de la población. Esto último puede comprobarse, por ejemplo, a la vista de los resultados de la muy reciente encuesta del Instituto de Democracia de Israel llevada a cabo a fines del mes de junio, en el marco del Índice de Paz que ese Instituto construye mensualmente. De acuerdo a esa encuesta -y entre otros resultados- el 55% del público judío en Israel parece preferir la continuidad del dominio israelí sobre los palestinos, sea a través del mantenimiento de la situación actual (un 23%) sea a través de la anexión de los territorios sin el otorgamiento de iguales derechos a los palestinos (un 32%).
La preocupación por la seguridad -y las formas en que ésta se manifiesta – encuentra una fuerte competencia en la constante renovación de noticias sobre episodios de corrupción tanto en los ámbitos gubernamentales como en la actividad privada. Ciertamente, podría decirse que todo eso da validez al viejo adagio que, con alguna ironía, sostenía que el cumplimiento del sueño sionista se alcanzaría cuando en Israel se desarrollara una vida “normal” -y ello incluía, entre otras cosas, ladrones y robos. Parece ser que esa visión se viene cumpliendo: de acuerdo a  la Transparencia Internacional, en el año 2015 Israel se encontraba en el lugar 32 en el Índice de Percepción de la Corrupción, dentro de un total de 168 países, es decir en la cola de la quinta parte de los países menos corruptos. Esto no está mal, sobre todo si se prefiere apreciar el vaso medio lleno; y sin embargo, más allá de las comparaciones internacionales, existe en el aire la sensación de que se ha instalado en la sociedad cierta amoralidad, es decir, que ha disminuido la sanción moral -que no la legal- con que se juzgan las “avivadas” en esos campos.
A ello cabe agregar la importancia creciente que están adquiriendo en el marco de la opinión pública israelí unas modalidades de enfrentamiento entre colectividades -su manifestación más notoria se desarrolla entre “ashkenazim” y “mizrajim” y entre nosotros y “ellos” (los palestinos), pero abarca también a la colectividad etíope, opone seculares con religiosos y ha logrado que la mención de la palabra “izquierda” equivalga a un insulto- que constituyen en su conjunto una lamentable y peligrosa distorsión de lo que podrían llamarse sentimientos nacionales.

El tema económico está en segundo plano en la agenda pública
Mientras tanto los temas económicos -y sus correlatos sociales- aparecen en un lejano segundo plano, en gran parte debido a que su cobertura es superada por el tipo de asuntos arriba esquematizados. Y sin embargo, es preciso reconocer que en las últimas semanas ha habido al menos dos desarrollos positivos que afectan directamente el escenario económico. El primero se refiere a la firma del acuerdo de normalización de relaciones entre Israel y Turquía, el segundo a la visita a cuatro países africanos (Uganda, Kenia, Rwanda y Etiopía) por una delegación pública y comercial de Israel, encabezada por el Primer Ministro Biniamín Netaniahu. En ambos casos se trata, además de los obvios contactos políticos (que en el primero se restablecen y en el otro se refuerzan), de mantener y de ampliar mercados para las exportaciones israelíes, con el propósito de apoyar, por esa vía, el crecimiento económico de Israel. Y esas son buenas noticias, que es de esperar se concreten en acciones y se expandan a otras regiones, como por ejemplo América Latina.
Pero es también preciso reconocer que durante más de cuatro años el total de exportaciones de bienes se mantiene prácticamente estancado, y algo similar sucede con las exportaciones de servicios en los últimos tres años. Las versiones optimistas sobre el comportamiento actual de la economía israelí, que las hay, destacan sobre todo el flujo de inversiones extranjeras a Israel, en especial en áreas vinculadas con alta tecnología y con investigación y desarrollo (ver por ejemplo las notas que publica el Informe Ettinger). Y eso es correcto; pero a ello cabe señalar que ese flujo de inversiones condiciona en gran medida la dirección del futuro crecimiento económico, puesto que se orienta hacia sus intereses, que pueden o no coincidir con los del país (si es que éste los ha explicitado).
En efecto, las empresas transnacionales establecidas en Israel fueron responsables -en el año 2011, último año del que se dispone de esa información- de más del 50% de las exportaciones de bienes clasificados como de alta tecnología, a lo que corresponde agregar que cerca del 80% de esas exportaciones tuvieron como destino las correspondientes casas matrices, es decir, que la mayor parte de esa exportaciones se habrían incorporado, como insumos, al armado de bienes finales en el extranjero. En cuanto a las exportaciones de servicios, las empresas transnacionales instaladas en Israel participaron con cerca del 30% en ese mismo año 2011. Y en vista del continuo flujo de inversiones arriba mencionado, es altamente probable que los porcentajes de participación de esas empresas hayan aumentado en relación al 2011.
Por otra parte, el estancamiento en las exportaciones israelíes que se constata en los últimos años -y que no parecen haber tomado nota del continuo ingreso de las ya mencionadas inversiones extranjeras- se debe en gran medida a la crítica situación económica internacional, que se refleja entre otras cosas en las bajas tasas de crecimiento del comercio internacional (ver Índices de la Organización Mundial del Comercio – WTO). Esto afecta sin duda al crecimiento económico de Israel, para el cual el dinamismo externo es crucial.

Israel no puede sustentarse en la demanda interna
Ya en otras oportunidades he mencionado que un país pequeño, con escasos recursos naturales (del gas se debe hablar por separado), no puede apostar -en el mediano y largo plazo- a un crecimiento sustentado en la demanda interna, como ha estado sucediendo recientemente. A la larga, el continuar con el aumento de esta demanda requerirá más insumos y más bienes de producción y de consumo que se producen en el exterior, y para financiar su importación es preciso contar con un sector exportador dinámico, so pena de endeudarse hasta límites insostenibles (y no siempre se ha de poder contar con una generosa ayuda externa, que financie nuestros déficits).
A lo anterior se agrega la permanencia de un alto costo de vida y de un cada vez más dificultoso acceso a la vivienda pública, en un contexto de notorios desequilibrios en la distribución del ingreso y de niveles inaceptables de pobreza (todo ello denunciado públicamente desde las manifestaciones del 2011, pero que no ha cedido un ápice).
No puede decirse que en el gobierno se ignoren estas situaciones. Lo que sí es discutible -para decirlo de manera suave- es que se estén tomando las disposiciones y políticas adecuadas para modificarlas y/o superarlas. De hecho, una preocupación mayor es la inexistencia pública de una estrategia de desarrollo que vincule todo lo anterior y proponga a la sociedad un programa económico y social coherente. Mientras ello no suceda, continuará prevaleciendo la opacidad en las decisiones gubernamentales; eso sí, con una sofisticada capacidad para orientar a la opinión pública y para manipular sus prioridades. ■

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