Isaac Asimov: El fabulador de las ciencias

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Joseph Hodara

Desde los tiempos de Francis Bacon, el quehacer científico se ha apegado a la realidad empírica y a los nexos comprobados y comprobables que se pueden descubrir en ella. El pulcro estudio de datos, las correlaciones que se pueden establecer entre ellos, y, en fin, la formulación de alguna norma o ley que los presiden y explican: la tarea principal y obsesiva de los investigadores. En este contexto, los ajetreos en y con la espontánea imaginación apenas tenían lugar legítimo; y cuando ésta sólo pudo engendrar fantasías como las enhebradas por un Verne fueron consideradas más como literatura que ciencias.
Fue mérito de Isaac Asimov trastornar rigurosamente esta visión. Transitando entre la disciplinada investigación y la refrescante fantasía, él logró abrir nuevas posibilidades al quehacer científico, más allá de sus fronteras convencionales.
En paralelo a talentos que compartían estas aspiraciones -como Robert A. Heinlein y Arthur Clarke- Asimov enhebró múltiples posibilidades y escenarios en el hacer de la astronomía, las matemáticas, la historia y la química. En reconocimiento a sus aportes, un asteroide 5020 lleva hoy su nombre; también un cráter en Marte y una escuela en Brooklyn, Estados Unidos.
Sus Memorias (Grupo Zeta, Madrid 2000) cubren más de 700 páginas. Fueron escritas en la cama del hospital donde fue internado algunos meses antes de su muerte. Recorre en ellas su tránsito desde el nacimiento en Rusia en 1920 y el arribo a los tres años de edad a Estados Unidos. Adquirirá la ciudadana norteamericana cinco años después. Los padres siguieron cultivando en el nuevo país sus creencias y costumbres judías; permitieron sin embargo a sus tres hijos adoptar los valores que ellos creyeron razonables y correctos.
Escribe Asimov en la introducción: “Confío y espero que, a través de estas páginas autobiográficas, el lector llegue a conocerme de verdad, y, quien sabe, incluso puede que llegue a gustarle. Esto me encantaría…”
Cuando se le preguntaba si fue un niño prodigio respondía: “Sí, y en realidad sigo siéndolo… Aprendí a leer antes de ir a la escuela… Y cuando por fin inicié el primer grado en 1925 me asombraba que los otros niños tuvieran problemas con la lectura… No me di cuenta de que mi memoria era extraordinaria hasta que descubrí que la de mis compañeros de clase no lo era”. A pesar de la agilidad mental que reveló en múltiples temas, Asimov jamás pudo manejar una bicicleta, nadar en la piscina o en el mar, o incluso entender las maniobras del ajedrez. Circunstancias que, sin embargo, no debilitaron su convicción sobre su alta y probada inteligencia. A su parecer, sólo Carl Sagan le superó en agilidad mental. Acuñó palabras como psicohistoria, robótica, positrónico en sus múltiples textos.
En las páginas de su diario, Asimov apunta las exigentes labores de sus padres en la tienda de golosinas y periódicos ubicada en un barrio de inmigrantes en Nueva York. Exigencias que se multiplicaron en los años de la gran depresión norteamericana. Isaac debió ajustarse a estas deprimentes circunstancias sin abandonar los juegos de la imaginación científica. También recuerda la buena recepción que tuvieron sus primeros relatos, la frustrada intención de estudiar medicina puesto que la cuota de judíos e italianos ya estaba colmada, y su primera experiencia sexual. Al respecto escribe: “La ausencia de mujeres contribuyó a distorsionar mi desarrollo social. También significó que en mi noche de bodas era virgen con una mujer que también lo era…Y resultó un desastre.”
Gustaba decir: “soy Isaac, nombre claramente judío al lado de Moisés. Y nunca pensé en cambiarlo”. “Consideraba el desprecio al judío como el rasgo de un universo que no podía cambiar. Obviamente, el antisemitismo que tomó vuelo en los años treinta impulsado por celebradas figuras como el héroe de la aviación Charles Lindbergh le afectó; no obstante, no dejó de confiar en las buenas prendas de la democracia norteamericana.
Cuando por su origen no fue admitido a la facultad de medicina, exploró posibilidades ofrecidas por los estudios de zoología, física o matemáticas. En 1939 obtuvo su primer título en esta última materia. Y más tarde escogió perfeccionarse en química obteniendo el doctorado en 1945. Pero nunca dejó de considerarse -en sus palabras- “un generalista con un saber considerable en casi todo… ¿Megalomanía? No. Tenía un buen conocimiento de mis aptitudes y talentos y trataba de demostrárselos al mundo”. Se declaró ateo -prefería el término humanista- incurable en todos sus días coincidiendo con Bertrand Russell para quien Dios no habría concedido a los hombres suficientes pruebas de Su existencia.
A él se deben textos de ciencia ficción como “Yo robot” y las reglas que lo presiden, así como sus especulaciones en la psicohistoria de habitantes planetarios. No pocas de sus fantasías se tornaron realidades en la computación, en las pantallas gigantescas de TV, en la mecanización de las tareas en la cocina, e incluso en la posibilidad de inventar automóviles que no precisan conductores.
Al acercarse a los sesenta años debió lidiar con una lesión cardíaca. Diez años después de su muerte su esposa Janet confesará que en estas circunstancias, al hospitalizarse, el germen del SIDA ingresó por descuido en las transfusiones de sangre. Será la causa de las múltiples afecciones que habrán de abrumarlo.
Su nombre se conoció en múltiples rincones del mundo. Sus más de 500 libros publicados le dispensaron celebridad y recursos económicos. Escribió también libros de no ficción en temas como historia, la Biblia, la mitología griega, incluso Shakespeare.
Frisando los setenta años su salud empezó a revelar marcado deterioro. Recordó que, según los Salmos bíblicos, se aproximaba a la edad terminal (cap.90:10). Escribió: “había llegado a los setenta y para mí ya no era una desgracia morir…” Anticipación que le condujo a redactar una nueva autobiografía, diferente de la que había publicado doce años antes. Su esposa Janet le aconsejó: “Sé subjetivo… Expresa tus ideas personales, incluso íntimas, sin ocultar nada…” Así lo hizo, escribiendo como era su costumbre con su mano y con lápiz en las tediosas horas de hospital. Confesó: “Ahora soy un septuagenario, con una válvula cardíaca que funciona mal, y unos riñones que no trabajan bien… Pero he tenido una buena vida, y he conseguido todo lo que quería, y más de lo que podía esperar…” Murió el 6 de abril de 1992.

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