Freud a prueba del kibutz

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Los bebés del kibutz Mishmar Haémek y sus educadoras, las célebres metaplót ©

Por Guido Liebermann*

Desembarcaron en el viejo puerto de Iafo en 1919, sin dinero, sin zapatos, sin Biblia, pero con El Capital de Marx y La Interpretación de los sueños y Tótem y Tabú de Freud en sus valijas. Se conocerá a este grupo de adolescentes judíos pertenecientes a la clase media de Galitzia, la provincia del Imperio Austro-húngaro con el nombre de Hashomer Hatzair, “El guardia joven”, en hebreo.
Fundado en 1913, este movimiento de juventud se expandirá en varios países del mundo y en la Palestina Británica primero, luego en Israel, se convertirá, en una formación política de izquierda (el actual partido Méretz), que edificara sus colectividades agrícolas, los kibutz, sobre bases educativas innovadoras, tejidas con ideas de Marx y de Freud.
Alzaron sus carpas en Betania, una colina situada al borde del lago Kinéret, para fundar allí la “Comunidad de erotismo compartido”, la primera comunidad del Hashomer Hatzair en Eretz Israel.
Tras rudas jornadas de labor en los campos y en la construcción de rutas, bajo el cielo estrellado de una Galilea cargada de historia universal, organizaron banquetes paganos, alabando al Dios Eros, el que une a los hombres entre ellos. Se entregaron a la introspección forzada, al culto de la espontaneidad y de la confesión pública, y a la lectura de Freud. “Dror leía Tótem y tabú, cuenta una de las camaradas, y yo, enferma de malaria, también leía a Freud. Quería encontrar argumentos objetivos que pudiesen justificar la náusea que me provocaba la filosofía psicoanalítica, según la cual, a fin de cuentas, el mundo entero es una zona erógena de Dios”.
Alumno de Freud en la Universidad de Viena, Meir Yaari, el líder del grupo, aplicó sobre sus pupilos un extraño “psicoanálisis colectivo” con el propósito de curar al judío de la diáspora de su “neurosis de gueto”. Pretendió derribar las barreras de la represión, para hacer emerger del “inconsciente judío” el hombre heroico de la Biblia: la encarnación moderna de Josué, Gedeón, Débora, Barak o Sansón, y transformar así el Hashomer Haztzair en un pueblo de “Cohaním”, en un pueblo de sacerdotes.
Inspirado más bien del misticismo buberiano que del racionalismo freudiano, esta vivencia conducida por Yaari conoció un trágico desenlace. Acusado de mostrarse autoritario y misógino, el célebre será excluido de la comuna por sus camaradas. Humillado, se aleja por un tiempo del Hashomer Hatzair, reintegrándose en 1924: en adelante como jefe supremo de un importante movimiento político alineado al marxismo oficial de la Unión soviética, y como adversario del psicoanálisis.
Tras el fracaso de Betania en 1921, los “shomrím” bajaron la colina y fueron acogidos por los “jalutzím” socialistas y comunistas rusos en sus comunas, las kvutzót. Apodaron a estos jovencitos elitistas y engreídos “las huestes del Mesías”. Decían que “había que sacarles de la cabeza Nietzsche, Buber y todo ese psicologismo galitziano”, considerando que Freud no podía ser un representante para las masas, ni que su ciencia pudiese contribuir a los objetivos del Socialismo. Solo el trabajo en el campo y en la fábrica podría liberar el hombre de las taras psicológicas inculcadas por el Capitalismo.
Los “shomrím”, al contrario, sostenían que la transformación del hombre no pasaría por una “Dictadura del proletariado” sino primero por una “revolución individual”, alcanzada mediante una reforma educativa innovadora, acompañada por psicología que ilumine sus pasos: aquella de Freud.
Contando en 1927 con cinco kibutzim funcionando según sus principios ideológicos, fundaron en Haifa el “Kibutz Artzí”, la Federación Nacional de los Kibutz del Hashomer Hatzair, en donde se llevaron a cabo apasionados debates en torno a la psicología que debería escoltar la futura “Educación colectiva del kibutz”.
Fue gracias a Zvi Sohar y a Schmuel Golán que hasta el fin de la década del sesenta, el psicoanálisis será conocido en Israel como “La psicología del Hashomer Hatzair”.
Estos dos pedagogos deberán batallar contra los adeptos de la psicología soviética, inadaptada según ellos a los objetivos del kibutz. Contra los abogados de la Psicología Individual de Adler, “imbuida de prejuicios ideológicos y cerrada sobre sí misma”, contra los defensores de la Psicología Experimental que, con sus test, y con sus medidas escolares clasificatorias y excluyentes, apuntaban a crear una educación policial y a racionalizar la explotación del proletariado.
En 1929, Zvi Sohar viaja a Viena en donde firma un pacto de mutua colaboración con los representantes del movimiento psicoanalítico internacional según: mientras que los freudianos se comprometieron a capacitar los pedagogos del kibutz al psicoanálisis, el Hashomer Hatzair ofreció a los psicoanalistas sus tribunas editoriales en lengua hebrea, para publicar sus libros y artículos.
Fue Schmuel Golán quien, en 1930, llego a Berlín para formarse en su célebre Instituto psicoanalítico. Se analizó con Mosche Wulff, el pionero del psicoanálisis en Rusia y en Israel; recibió pacientes, participo a las reuniones del Instituto, y devoró los libros de Freud, de Wilhelm Reich y de León Trotsky.
Cuando Hitler asume el poder en Alemania, en marzo de 1933, como tantos otros judíos de nacionalidad extranjera, Golán tuvo debe abandonar inmediatamente el país. Retorna a Palestina y se instala en el kibutz Mishmar Haémek en donde establecerá las bases de una educación colectiva revolucionaria. Contó apenas con un puñado de bebés y de niños nacidos a partir de 1928. ¿Cómo, quien, y según qué reglas habría que educar a los niños del kibutz? ¿Cómo preservarlos de la neurosis inculcada por la familia tradicional y filistea? “La neurosis, declara Golán, es el arma psicológica esgrimida por el Capitalismo y por la Religión para pervertir la naturaleza humana y transformar el hombre en un ser sumiso, servil y fácil de explotar”.
Advertidos de las teorías sexuales infantiles de Freud, y del rol precoz jugado por la pulsión en la estructuración psíquica del futuro adulto, los pedagogos del Hashomer Hatzair abogaron por una maternidad sin madre y sin neurosis. Se pronunciaron en favor de la separación del bebé de la madre a partir del sexto día después de su nacimiento, confiando esta delicadísima tarea educativa a “metaplót”, a educadoras especialmente capacitadas, y formadas al psicoanálisis.
La autoridad paterna habría de ser transferida del padre real hacia los valores de la vida colectiva encarnados por el kibutz, que era la instancia moral suprema a la cual todos sus miembros debían identificarse.
Edificaron los “beit-ieladím”, las viviendas especialmente concebidas para criar bebés y educar niños según preceptos educativos, tejidos con hilos del psicoanálisis.
Así por ejemplo, se les tolerara a los niños el chupeteo del pulgar y se les prohibirá a los adultos de intervenir o de reprimirlos. Si se tratase de un chupeteo compulsivo o duradero, el pedagogo deberá actuar en este caso con suma delicadeza, tratando de distraer al niño con juegos y entablando con él una paciente conversación.
Pues se trata de un comportamiento que encubre una herida narcisista profunda y anuncia un peligroso repliegue del infante del mundo exterior, que requiere la intervención de un psicoanalista, precisa Golán a sus alumnos.
Si se descubriese al niño jugando con sus excrementos, el educador no se precipitara ansiosamente hacia él para reprenderlo: distraerá sur atención ofreciéndole jugar con plastilina, cerámica o crayones de color.
No se declarara la guerra a niños menores de cuatro años que pronuncien malas palabras, puesto que son expresiones de la pulsión anal, es decir de acciones verbales que suplantan una acción motriz prohibida, y que cumplen una función reguladora de la agresividad en el grupo social de niños.
No se amenazará al varoncito con la clásica sentencia “si te tocas el pito te lo corto”, ni a la niña con el “te corto el dedito”, cuando se la descubra escrutar su sexo con placentera curiosidad. No se prohibirán en el kibutz los juegos sexuales; por ejemplo cuando los niños juegan al doctor y al paciente. Pues se tratan de actividades lúdicas que contribuyen al descubrimiento del cuerpo de sí mismo y del otro, y por ende al establecimiento de la diferencia sexual, que cumple una función fundamental en la madurez psicológica del ser humano.
Tampoco se les impedirá a las niñas de orinar paradas imitando a los varones. Y, si se mostrasen tristes, celosas o desfavorecidas por no poseer un pene como ellos, el educador valorizara frente a ellas las virtudes fálicas de la feminidad: la ventaja de tener senos, la de poder traer niños al mundo y amamantarlos, la de lucir una larga cabellera, etc. Son estas, declara Golán, manifestaciones de la “Penisneid”, de la “envidia del pene” descripta por Freud, que también cumplen una función primordial en la estructuración normativa del psiquismo en la mujer.
La sexualidad del adolescente ocupó un lugar central en los debates del Hashomer Hatzair. Con sumo coraje y espíritu de apertura, dirigentes y pedagogos debatieron en torno a la masturbación y de la libertad que se les acordara a los adolescentes del kibutz en sus relaciones sexuales (se les propondrá la edad de dieciseis años para iniciarlas). Abordaran el tema de la homosexualidad, de las prácticas perversas y de las relaciones amorosas entre menores y adultos, entre muchos otros.
“Sea como sea, declaró de alta voz Zvi Sohar en una asamblea del Kibutz Artzí, jamás contemplaremos las actividades sexuales de los adolescentes como actos criminales, ni crearemos en el kibutz una atmósfera de miedo o de amenaza que perturbe la vida sexual de nuestra juventud”.
Una de las experiencias educativas más osadas, realizadas en el kibutz, fue sin duda la “Miklájat hameshutéfet”, las duchas compartidas por los adolescentes de los dos sexos. Su función la de transformar una excitación sexual excesiva en interés por el prójimo y por el mundo exterior; en curiosidad por actividades intelectuales, por la cultura, es decir en sublimación. “Las duchas compartidas permitirán al kibutz de liberarse de la represión sexual, impuesta por el capitalismo y por la religión, es decir del carácter secreto y prohibido de la sexualidad; también de la culpa, de la vergüenza, del cinismo y de su representación en tanto que cosa sucia que, asevera Golán, son vestigios de una sociedad capitalista en plena decadencia”. Incidentes educativos, desilusiones y neurosis no faltaron en el kibutz. Contrariamente al pronóstico de estos pedagogos románticos y marxistas, Edipo seguirá reinando majestuosamente en los jardines del kibutz, y hombre ideal del Hashomer Hatzair, nunca llegará.
Empero se alzará con el kibutz una organización social igualitaria basada en el respecto de valores colectivos y políticamente comprometida, cuyos miembros contaran entre las más destacadas figuras de la historia de Israel: célebres dirigentes políticos y gobernantes; científicos, economistas, escritores y artistas de fama internacional; héroes de las guerras de Israel que con igual coraje y afán defendieron – y defienden aun hoy -, la paz entre los pueblos judío y árabe.
Estos “hijos del kibutz”, cuya edad gira hoy alrededor de los noventa años, siguen atravesando aquellos mismos senderos bordeados de flores y eucaliptus que otrora recorrieron en su infancia, ya no descalzos, sino sobre triciclos motorizados, contemplando ciertamente con gravedad el futuro de un país por el cual ellos tanto lucharon, pero orgullosos de haber sido los actores de una de las más bellas experiencias realizadas por el Pueblo judío en Eretz Israel, en compañía de Freud.
* Psicoanalista, historiador y psicólogo israelí. Autor de El Psicoanálisis en Israel. Sobre los orígenes del Movimiento Freudiano en Palestina Británica [1918-1948], Letra Viva, Buenos Aires, 2015, y de El Psicoanálisis a prueba del Kibutz, 2014 (en vías de publicación).

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