Evocar a Zeev Jabotinsky: un imperativo en estos días

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Foto: Zeevjabotinsky.com

Joseph Hodara

El escenario público de Israel conoce hoy una efervescencia sin precedentes. Se multiplican los signos de una corrupción gubernamental y pública que ponen a prueba la solidez del sistema democrático. En otros países, las élites hoy amenazadas no habrían dudado en movilizar fuerzas armadas y policiales para disolver a la izquierda que hoy estaría difundiendo huecas sospechas que culminarán en nada.

El caso aquí es diferente. Como ideología y como praxis política el sionismo predicó desde su origen el impulso liberal y democrático. Claramente, no le fueron extrañas ni desconocidas las rivalidades entre izquierdas y derechas, pero acertó en preservar un diálogo honesto y flexible en medio de ellas.

Como no pocos representantes gubernamentales hoy se agitan sin mesura cuando acciones jurídicas, policiales y periodísticas conducen directa e indirectamente a hechos que afectan a la familia del Primer Ministro y Ministro de Relaciones Exteriores- acciones que para un enceguecido miembro de la Knéset equivaldrían al asesinato de Itzjak Rabin – es indispensable recordar algunas premisas del credo de Zeev Jabotinsky, un ideólogo apenas conocido por los que hoy dicen representarlo políticamente.

Sus biógrafos y críticos – desde S. Avineri a Y. Schectman, desde M. Bela a A. Naor – coinciden en que para Jabotinsky “todo individuo es rey” y que el hoy llamado estado bienestar que aúna la libertad con la solidaridad social era su régimen preferido. Sostenía que el país por el cual luchó sin ver su formal nacimiento en 1948 debía satisfacer cinco condiciones que, en hebreo, se inician con la letra M : mazón, malbush, marpé, moré, maón… Es decir, las necesidades básicas desde el alimento a la salud, desde la educación a la vivienda.

Ciertamente, Jabotinsky jamás coincidió con las premisas del marxismo; fue un anarquista en su juventud y celoso demócrata en su madurez. No es fortuito que prefirió vivir y morir en el país que hasta hoy sostiene –más allá de cualquier trumpada– la estricta separación de poderes y la igualdad ciudadana.

Cuando auspició el movimiento revisionista en 1925 en ningún caso Jabotinsky objetó la doctrina herzliana sobre el renacimiento nacional que debe cristalizar sin dogmatismos religiosos o partidarios. Indicó más bien un orden de prioridades conforme al cual el alcance de una mayoría judía en la tierra que alguna vez fue cuna de este pueblo es la más importante, pero sin excluir a otras. Ni glorificó a las derechas ni abominó de las izquierdas.

Un equilibrio que Menajem Beguin atinó en preservar. Cabe lamentar que hoy no pocos de sus presuntos discípulos y seguidores se inclinan a olvidarlo. No sólo lastiman a la democracia israelí; reducen la capacidad para defenderla en un entorno intrínsecamente hostil.

 

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