Escritores del siglo veinte

0
279
Hanna Arendt

Clásicos que aún nos facilitan comprensión
Segisfredo Infante, Honduras
Confieso mi escepticismo respecto de algunas predicciones acerca de los buenos y malos acontecimientos que podrían ocurrir durante todo el siglo veintiuno. De tal suerte que el libro “Los próximos 100 años, pronósticos para el siglo XXI” (fecha 2009), de George Friedman, me parece interesante pero al mismo tiempo demasiado pretencioso. Aunque sospecho que el señor Friedman es un futurólogo fraguado en las concepciones frívolas del neoliberalismo, cuyos técnicos principales todo lo supieron predecir “científicamente”, “cuánticamente”, excepto la crisis financiera mundial del año 2008. Lo extraño es que la misma manía predictiva optimista la exhibían, algunos años atrás, los ideólogos del llamado socialismos real “perfecto”, que decayó en abismales catástrofes económicas, políticas y humanas, como en la ex–Unión Soviética, Yugoeslavia y en otras partes del mundo, que se desbarajaron como si se tratara de un castillo de naipes.
El problema de la mayoría de los vaticinadores, tecnólogos, ideólogos y futurólogos, ya sean “neoliberales” o “comunistas” dogmáticos, es que casi siempre pierden de vista el factor “equis” de los seres humanos de carne, espíritu y hueso. Razón por la cual es casi imposible predecir los hechos venideros de las civilizaciones y culturas. También suelen perder de vista los desastres naturales y sus consecuentes hambrunas. Pero lo más grave de todo es que olvidan las grandes enseñanzas de la “Historia”, cercana o lejana. Sea porque les disgusta leer concienzudamente. O porque algunos de ellos prefieren el “ocultamiento” de los verdaderos hechos históricos, que desenmascararían sus mentiras y exageraciones, su ausencia de humanismo y de amor al prójimo.
De todos aquellos que tuvimos la oportunidad de observar el derrumbe del “Muro de Berlín”, y hasta cierto punto la disolución de la Unión Soviética, pocos estuvimos en condición de sacar algunas deducciones históricas fuertes. Lo que de hecho ocurrió a finales de los años ochentas y comienzos de los noventas del siglo veinte, es que los países de la Europa del Este y de algunas regiones euro-asiáticas, retrocedieron casi cien años hacia la misma circunstancia en que se encontraban los fundamentalismos xenofóbicos locales poco antes de la “Primera Guerra Mundial”, con exacerbaciones espantosas actuales, como en el caso de la recién despedazada Yugoeslavia.
Los señalamientos antes aludidos se vuelven quizás indispensables al momento de intentar comprender las posturas y circunstancias personales y colectivas de muchos escritores del siglo veinte.
Tanto los que circulaban, con cierta libertad, en el “Mundo Occidental”, como aquellos que apenas subsistían en los países del “Bloque Oriental”, en donde el derecho de opinar abiertamente había sido restringido a su mínima expresión, sobre todo en los tiempos de las dictaduras extremas de los dirigentes comunistas o del “socialismo real”, según expresión popularizada (muchas veces repetida en mis artículos) por el escritor alemán contemporáneo Rudolf Bahro. Es decir, los escritores del siglo veinte eran (o éramos) criaturas acorraladas por la tremenda disputa ideológica entre el “Occidente” y el “Oriente”, frente a cuyo fenómeno eran muy escasas las posibilidades de guardar posturas independientes abiertas, salvo en la soledad del hogar, en el silencio de la “dacha”, o en algunas cafeterías solitarias, poco frecuentadas por los fanáticos y delatores de cada turno. Por cierto que la expresión de “criaturas acorraladas” por las circunstancias históricas, se encuentra en uno de los escritos económicos del mismo Karl Marx.
Para aproximarnos hacia una evaluación equilibrada de la literatura del siglo veinte, especialmente en su narrativa, debemos estudiar, sin prejuicios, el enorme fenómeno de los totalitarismos reales, que surgieron y se consolidaron, casi absolutamente, a partir del año 1917. Los escritores y pensadores, por muy independientes, subliminales o libérrimos que fueran, estuvieron marcados positiva y negativamente por las grandes guerras y por el capítulo del “totalitarismo”, ya fuera de extrema izquierda o de extrema derecha, con algunas variaciones subterráneas. No me refiero a las expresiones ligerísimas de los supuestos totalitarismos caciquistas latinoamericanos, que más bien eran como pequeñas dictaduras transitorias cuasi-rurales.
En este punto es recomendable estudiar el libro “Los Orígenes del Totalitarismo”, de la filósofa y politóloga judeo-alemana Hannah Arendt, una de las más destacadas del siglo veinte. De lo contrario las nuevas generaciones juveniles continuarán confundidas en las primeras décadas del siglo veintiuno.

Dejar respuesta