Entretenimiento agradable sin pretensiones

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Florence Foster Jenkins (EE.UU, 2016). Dirección: Stephen Frears. Guión: Nicholas Martin. Fotografía: Danny Cohen. Actores: Meryl Streep (Florence Foster Jenkins), Hugh Grant (St. Clair Bayfield), Simon Helberg (Cosme McMoon), Rebecca Ferguson (Kathleen) y otros.

Las películas de Stephen Frears, a menudo se centran en sí mismas como pinturas, es el caso de Helen Mirren como reina Elizabeth o más recientemente Judi Dench en Filomena. Parece tener además preferencia por películas biográficas, mezclando elementos como verdad, siendo más extraña que la ficción, combinando ternura, emoción y humor. En este caso se trata de enfocar la historia de la vida real de una mujer de la sociedad y aficionada a la ópera, como cantante. La figura en cuestión es la del título, que era una dama rica y de las artes que tenía la característica de engañarse pensando que era una talentosa soprano, desafinando en conciertos privados y veladas exclusivas.
Su fortuna le hacía llegar a relaciones con afamados músicos, solía proclamar que la música era su vida. Por ejemplo ahí la vemos saludando con efusión a Toscanini y a otras figuras semejantes que se tragaban su orgullo y la cumplimentaban sin hacer notar lo horrible que era. Está casada hace muchos años, luego de heredar la fortuna de su padre, con el señor Bayfield, que es un actor fracasado de Shakespeare que la cuida hasta en el menor detalle evitándole toda confrontación posible con algo que pudiera poner en duda su talento, inexistente en la realidad. Reasegurada por sus relaciones con los famosos de la música, sus simpatizantes sin un mínimo de criterio le prodigaban su afecto mientras otros se esforzaban por acallar sus risitas en esas funciones privadas que organizaba.
Estamos en un momento en el cual tiene que contratar a un pianista como acompañante, se presentan varios candidatos a los que entrevista su marido, que los va despachando a medida que toman conciencia de la farsa de la cual tienen que participar. Queda al final el menudo Cosme, que acepta el papel al ofrecérsele una cuantiosa suma para la época. Al acompañarla, Cosme tiene que contener la jocosidad ante el ridículo y eso es ya de por sí un espectáculo. Es más, lo vemos entrando en el ascensor del lujoso edificio y sólo ahí se permite estallar en una risa incontenible que no deja de transmitir a los espectadores.
El film no sólo se ocupa de la vena musical sino agrega detalles sobre la vida conjunta de la pareja. El marido anterior de Florence le dejó como herencia sífilis, enfermedad que padecía. Es por eso que Baifield la acompaña hasta llevarla a la cama para ayudarle a dormirse recitando algún fragmento de su pasado de actor.
Luego, no comparte la cama matrimonial en la cual no hay relaciones, se va a su apartamento donde tiene una verdadera vida de pareja con su amante, la joven Kathleen. Ese arreglo tácito o en realidad no tanto, es del conocimiento parcial de Florence que prefiere cerrar los ojos pero una visita intempestiva crea un problema momentáneo donde se da lo que se conocía en las comedias chifladas de antaño.
Bayfield hace lo posible para que no esté presente en los eventos citados ningún representante de la prensa que no se pueda coimear, siendo así como las crónicas son siempre favorables.
El afán de grandeza es la hubris de Florence que toma la catastrófica decisión de dar un concierto público en el Carnegie Hall para los soldados, estamos en 1944, al cual la prensa será admitida, así en realidad comienza la historia donde todo lo anterior es un largo flashback. Los preparativos para el espectáculo con el extravagante vestido de Florence, son, podría decirse, un espectáculo por sí mismo, pero ante los chillidos, la desafinación, el público prorrumpe en risas que sólo la intervención de la mujer que antes no podía evitar la risa en un evento privado, logra mitigar. De todas maneras, no se puede evitar la crítica acerba del periodista del New York Post, los otros ya estaban pagados por Baifield que compra todos los ejemplares, pero el daño ya está hecho cuando Florence se sorprende de que no haya un ejemplar del periódico. No le es posible recuperarse del golpe y se asiste a sus últimos estertores, ya no música.
Que Meryl Streep es una versátil gran actriz no debe ser sorpresa, si bien a veces se pasa de tono. El que sorprende con su actuación es Hugh Grant que se sale de su molde acostumbrado y protagoniza con gran eficacia el difícil rol del abnegado esposo, sin caer en exageraciones, un rol contenido y creíble. Es un entretenimiento suave que no deja de tener su lado patético.

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