Dialogar en la soledad: Emily Dickinson

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Joseph Hodara
Con frecuencia, el silencio puede engendrar un grito, y la obligada castidad, el pecado. Uno de los personajes que, con sus obras, nos ofrece sostenido ejemplo de lo que se dice  es Emily Dickinson. Mujer y poetisa que en el ambiente cerrado de Nueva Inglaterra – mediados del siglo XIX- intentó poner al desnudo la sensualidad y las urgencias de su ánimo. Sin éxito posible debió convertir el hogar paterno en cárcel, y los suspiros en poemas.
Nació en 1830 en Amherst, Massachussets en el marco de una familia puritana enemiga de cualquier manifestación – diálogos públicos, danzas, reuniones mixtas o de mujeres solas – susceptible de llamar al pecado. Fue su padre abogado y juez, representante por Masachussets en el congreso norteamericano; se cuenta como fundador del Amherst College, uno de los primeros marcos de altos estudios en Norteamérica. A su debido tiempo, el escritor Ralph Waldo Emerson allí se formó, y en él y con él Emily encontrará guía e inspiración, como se comprueba en la nutrida correspondencia que se tejió entre ellos.
Emily curso estudios en la Academia Amherst que empezó a aceptar estudiantes del sexo femenino a mediados del siglo XIX. Se distinguió en los estudios, particularmente en el dominio del griego y latín. Sus compañeras gustaban escuchar las historias que inventaba sobre múltiples temas, espacio social que muy pronto abandonó para recluirse en el hogar paterno. Raras veces abandonaba la habitación, y evadió cualquier imposición a contraer matrimonio. Sus fantasías y la soledad le fueron preferibles.
En alusión a ella, Borges sentenció: “No hay, que yo sepa, una vida más apasionada y solitaria que la de esta mujer…” Secreta pasión que se tradujo en casi dos mil poemas que constituyeron su consuelo y secreto, hasta que su joven hermana Lavinia – algunos años después de su muerte, los diera a conocer.
Se conocen muy pocos datos sobre su vida.  Noticias fragmentarias indican que fue sensualmente atraída por un pastor protestante casado, que le superaba ampliamente en edad, inclinación que no llegó a cristalizar. La figura deseada debió alejarse físicamente para evadir el pecado.
Más aún: su incontenible sensualidad también apeló secretamente a una mujer: la esposa de su hermano; pero la índole y la duración de este nexo jamás se sabrá. Sin placenteras opciones, a los treinta años Emily buscó consolador refugio en su propia habitación, y allí engendró sus versos que se multiplicaron en páginas secretas escondidas en sus muebles. Siempre vestía de blanco, y en raras ocasiones se paseaba por el jardín junto con Carlo, su perro.
21josephTodos sus poemas, originalmente enumerados en inglés por Thomas H. Johnson, fueron vertidos al español por la argentina Silvina Ocampo. Tusquets editores los publicó en 1985, y desde entonces mereció varias reediciones.
Escribe en uno de ellos: “Tengo un pájaro en primavera/para mí sola canta/la primavera seduce. Y cuando el verano se acerca/y cuando la rosa aparece/el pájaro se va…” Y en otro: “Esperar una hora – es mucho/si el amor está más allá/ esperar la eternidad – es poco/si el amor nos recompensa al final…”
Poesía reflexiva, pensante, la de Dickinson. No pocos críticos la consideran tan importante y elocuente como la de Walt Whitman, personaje que también debió reprimir sus preferencias sensuales en la Norteamérica del siglo XIX formalmente puritana. Pero en el caso de Emily se manifestaron sin renuncias, en secreto, esperando que alguna vez, después de la muerte, tendrán pública expresión.
Así, en un poema escrito en 1861 bajo el numeral 298 confiesa: “Sola, no puedo estar/pues multitudes me visitan/. Incontables compañías entrevean las llaves/no tienen vestiduras ni nombres… Pues nunca se han ido…”  Una voz que solicita el diálogo, y fracasa. Quedan sin embargo los ecos. Falleció en su habitación-refugio en 1886.

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