Buenas cifras hacia el fin del verano

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Benito Roitman
El fin del verano en Israel, aunque lento, se percibe ya en el aire. Y con él parecería que se alejaran también los temores de que la economía fuera  bajando su ritmo y llegara a estancarse.  Porque la Oficina Central de Estadística de Israel acaba de publicar los resultados de las Cuentas Nacionales para el primer semestre de este año, y éstas muestran un crecimiento (anualizado) de la economía que se ubicaría, de acuerdo a los datos del trimestre abril-junio de este año, en el 4.3%.
Como viene sucediendo en los últimos tiempos, este crecimiento se explica en gran medida por un alto nivel de  crecimiento del consumo privado, acompañado por un crecimiento también significativo del consumo público. Las exportaciones, por su parte, que deberían constituir el principal motor dinámico de esta economía, también estarían creciendo en comparación con los resultados de los trimestres anteriores, aunque apenas llegan a valores similares a los de dos años atrás, debido a las disminuciones registradas previamente.
Mientras tanto, la tasa de desempleo ha venido cayendo sistemáticamente (5.8% en diciembre del 2013, 5.6% a fines del 2014, 5.1% en diciembre del 2015 y 4.6% en agosto del 2016), situándose así en valores que difícilmente puedan caer más. Sin embargo, llama la atención que esa disminución del desempleo -alentadora como es- viene acompañada de una creciente lentitud  en el ritmo de crecimiento de la economía en su conjunto (el PBI creció 4,4% en el año 2013, se situó en 3.2% en 2014 y bajó aún más, 2.5%, en 2015, y en todos esos años, el motor principal del crecimiento fue el consumo privado).
Ahora bien: que  la ocupación de mano de obra se encuentre casi al nivel del pleno empleo debería constituir de por sí una buena noticia. Pero no debe olvidarse que en esa situación la economía no podría crecer por la vía de la incorporación de más trabajadores a la producción; de hecho, la Oficina Central de Estadísticas acaba de publicar un informe en el que muestra que el número de vacantes de empleo (equivalente en alguna medida a la demanda de la economía por nuevos trabajadores)  habría pasado de 62.700 en el primer trimestre de 2014 a 99.600 en el segundo trimestre de 2016. En estas circunstancias,  el empuje para el crecimiento dependería más bien del logro de una mayor productividad de la mano de obra, y esto no se logra fácilmente en el corto plazo.
Por otra parte la tasa de cambio, que sin duda influye en el nivel de competitividad de la economía frente al exterior, viene experimentando una cierta volatilidad en sus valores durante los últimos 12 meses. Así, la cotización del shekel frente al dólar resulta similar, en estos días, a su valor de hace 12 meses (3.81 shekel por dólar), pero a lo largo de este período se constatan oscilaciones que van desde 3.98 (en enero de este año) hasta valores inferiores a 3.75 (en mayo de este mismo año), lo que implica saltos de hasta un 6% en plazos relativamente breves. Esta volatilidad, que no contribuye a un mejor comportamiento de las exportaciones, es en gran medida un producto de la libre circulación de capitales y en particular de las inversiones especulativas; pero la ortodoxia económica impide actuar para regular esos movimientos.
En resumen:  el mantenimiento de un cierto ritmo positivo del PIB basado sólo o principalmente en el crecimiento de la demanda interna es insostenible en el mediano y largo plazo, en particular en el caso de una economía pequeña como la israelí, con escasos recursos naturales. Para que ese crecimiento sea viable, debe estar acompañado de un  sostenido avance en sus exportaciones, que puedan financiar las crecientes importaciones de insumos y de bienes de producción y de consumo que se requieren para satisfacer la demanda interna. A falta del dinamismo exportador, se arriesga llegar hasta niveles muy altos de endeudamiento, y no siempre se ha de contar con una generosa ayuda externa que financie los déficits sobrevinientes. En este contexto, el que la economía alcance muy bajas tasas de desempleo -sin entrar a analizar en qué sectores, en qué actividades y con qué niveles de productividad se alcanzan esos niveles- no garantiza el mantenimiento de un crecimiento sostenido del PIB; y la volatilidad de la tasa de cambio tampoco constituye un elemento positivo para dinamizar las exportaciones.
Sin embargo, las perspectivas económicas -cualquiera que sea su signo- no parecen estar situadas en el centro de las preocupaciones del país. Ellas están reservadas en estos días a dos temas principales: las peripecias y avatares de la campaña electoral en los EEUU y las expectativas sobre quién triunfará, y el seguimiento de la declaración de la UNESCO sobre Jerusalén y el Monte del Templo (Har Habait en hebreo, aunque uno de los inexcusables rasgos de esa declaración es que ignora totalmente la relación histórica de ese lugar con el judaísmo). No es posible saber a ciencia cierta cuánto de esas preocupaciones centrales están alimentadas y magnificadas por los medios, aunque es preciso reconocer que son preocupaciones legítimas, más allá de cualquier discusión sobre su importancia real y su influencia sobre el futuro de la sociedad israelí.
Pero lo que sí es posible es especular sobre lo que estas preocupaciones nos dicen sobre el funcionamiento de esa sociedad. Por un lado, no dejan dudas sobre la profunda vinculación que la sociedad israelí manifiesta frente a los EEUU, cuyo carácter asimétrico permite calificarla de dependencia, a pesar de las varias ocasiones en que autoridades israelíes se han enfrentado a las norteamericanas. Y esa vinculación -o dependencia-  afecta de alguna manera (¿consciente, inconsciente?) a los procesos económicos, sociales y aún culturales de la sociedad dependiente, en este caso la israelí. No se trata de criticar esta situación (¿cuál sería el patrón de comportamiento que substituiría esta situación?) sino de externalizar, a través de la ingente preocupación que se manifiesta a toda hora en la prensa, la radio, la televisión, las redes sociales y las conversaciones familiares, los lazos de dependencia establecidos.
Por otro lado, la declaración de la UNESCO del 13 de octubre está, no cabe duda, intencionalmente sesgada. Como tal ha de ser rechazada, y eso es seguramente lo que sucederá en el futuro próximo. Pero lo que vale la pena destacar es que gran parte de las reacciones a esta declaración han tomado la forma de una reafirmación de que “nadie nos quiere”, de un llamado a cerrar filas en la “fortaleza Israel” para protegernos de un odio generalizado y para defender a Jerusalén como “la capital eterna, indivisible, del pueblo judío”. Y el corolario de esta actitud es mantener el estatus quo, continuar con la ambigüedad política con respecto a las negociaciones de paz…y esperar, que Dios proveerá.
¿Y el futuro económico y social de esta sociedad? Aquí también se preserva el estatus quo, lo que implica trabajar sólo para el corto plazo (y éste es un rasgo que diferencia al político del estadista) aunque resulte claro que se estén malgastando las potencialidades de una sociedad capaz de manejar su propio destino, sin abusar de sus vinculaciones con los grandes poderes y sin temores de convivir en un mundo abierto, en paz con sus vecinos y sobre todo en paz consigo misma.

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