Adolfo Bioy Casares – Realidad y Ficción

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Joseph Hodara
Aldolfo Bioy Casares (o ABC) y Jorge Luis Borges representan un desigual binomio. Los dos nacieron en Buenos Aires en los inicios del siglo XX y ambos revelaron más interés por la literatura europea que por la criolla. Cuando se encontraron (año de 1932) el primero tuvo la aristocrática iniciativa, como hombre que vivía de la renta suministrada por los padres, de invitarlo a su estancia. Desprovisto de los recursos de Bioy, Borges aceptó el noble gesto, y junto con Victoria Ocampo constituyeron un brillante trío versado en las principales lenguas y literaturas alejado de Buenos Aires y suspicaz de militares y negociantes que con maquiavélicas estrategias aspiran al poder.
Cuando Juan Perón lo asume con ideas que ellos consideran torpes y mal enhebradas, ABC se refugia en su rancho, Victoria se marcha a París, pero el tercero del triángulo – Borges – debe aceptar, sin nobleza y sin recursos, el cargo humillante que el iluminado tirano le impone: de bibliotecario respetado debe transitar a inspector de mercados de aves de corral… No debe sorprender que estos tres mosqueteros de la pluma odiaron a Perón, aunque encontrarán maneras de conciliarse con las dictaduras militares que vendrán después.
Veamos con algún detalle el caso de Bioy Casares. En el curso de su vida (falleció después de Borges, en 1999 a los 84 años) ensayó varios estilos en la escritura. Lo fantástico y lo extravagante, lo onírico y lo irreal presiden su imaginación literaria. La invención de Morel que publica en 1940 condensa y ejemplifica estas inclinaciones. En su prólogo, Borges escribe que esta obra “traslada a nuestras tierras y a nuestro idioma un género nuevo”… Y agrega: “He discutido con su autor los pormenores de su trama, la he releído; no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta.” Cálido apunte que enciende la curiosidad de no pocos lectores. Cabe recordar su trama.
Vio la luz en Buenos Aires, en 1940. De inmediato fue considerado un ramal criollo de la literatura-ficción que tuvo como exponente a H. G. Wells.
Así empieza: “Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro: el verano se adelantó… A la madrugada me despertó un fonógrafo… Creo que esa gente no vino a buscarme; tal vez no me hayan visto…Si en pocos días no muero ahogado, o luchando por mi libertad, espero escribir La defensa ante sobrevivientes y un Elogio de Malthus…” Un caprichoso hilvanamiento de frases que reflejan las alucinaciones paranoicas de El Fugitivo, un escritor venezolano que huye de sus perseguidores a una isla por consejo de un mercader italiano residente en Calcuta. Le dice: “Para un perseguido, para usted, sólo hay un lugar en el mundo, pero en ese lugar no se vive.” Pero el Fugitivo desatiende la advertencia. Y así se torna un habitante solitario en la isla acosado por las radiaciones que inexplicablemente trastornan el lugar.
Hasta que llega un grupo de turistas, y entre ellos Faustine, mujer que le suscita amor, y Morel, un maligno hombre de ciencia que proyecta llevar a cabo oscuros experimentos entre los visitantes. El isleño alberga sentimientos encontrados respecto a los visitantes. “…miro con alguna fascinación – hace tanto que no veo gente – a estos abominables intrusos; pero sería imposible mirarlos a todas horas”.
Morel inicia entonces una prueba con base en radiaciones que matarán físicamente a los congregados pero que les habrá de garantizar vida eterna. Piensa que la inmortalidad que importa, que pervive, no es la física. Así Faustine se convierte en un elemento químico duradero, trascendente, allende la material existencia. Y el Fugitivo pide unirse a ella: “Al hombre que, basándose en este informe, invente una máquina capaz de reunir las presencias disgregadas, haré una súplica. Búsquenos a Faustine y a mí, hágame entrar en el cielo de la conciencia de Faustine. Será un acto piadoso.”
Esta afición por lo trascendente y metafísico condujo a Bioy Casares a colaborar con Borges en el lanzamiento de obras policiales que contienen en la partida algún secreto o misterio; al final serán razonablemente aclarados. Un ejemplo es Seis problemas para don Isidro Parodi y la colección El séptimo círculo que los dos escritores auspiciaron en los años 1945-1955.
ABC fue un criollo aristócrata hasta el final. Sus restos – junto con los de Victoria Ocampo y de su esposa Silvina – tienen hoy hogar en La Recoleta.

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